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lunes, 10 de diciembre de 2012

#400

- ¿Sabes qué? Que me estoy muriendo.
- ¿Qué?
- Que me muero, M. Me muero sin poder remediarlo. Aunque, sinceramente, he llegado a un punto en el que ha dejado de importarme.

A. tenía miedo y M. era un poco pasota. Por esa misma razón se llevaban bien. Él le hacía la sonrisa más grande con solo mirarla y ella, con su interna locura, lo volvía un poco loco también a él, secretamente, claro.

- Soy una desequilibrada emocional - dijo A. una vez con los ojos conteniendo las lágrimas.
- ¿Y qué tal te va lo de distraerte con otras cosas?
- De culo.

M. ya no creía en su amor y A. había dejado de creer en todo. Eso los hacía muy diferentes pero a la vez tan parecidos. Ellos, sin embargo, parecían no darse cuenta. Y A. moría pausadamente a causa de la incertidumbre sobre sus vidas. Porque, aunque se lo quisiera negar a sí misma, ya no sabía qué hacer, se sentía perdida. El abismo que los separaba se hacía más y más grande cada día. Se había convertido en una grieta que surcaba su corazón y la oprimía hasta el llanto. Aquello estaba acabando con ella. Pero ya daba igual.

- No entiendo nada - dijo A. con esos ojos verdes clavados en el cielo-. ¿Sabes qué significa eso? Que no te entiendo. Lo intento, de verdad, con todas mis fuerzas, pero no lo consigo. ¿Por qué? ¿Por qué no puedo simplemente apartarte? Me levanto cada mañana con un fantasma amenazando con congelarme el corazón. Cierro los ojos y pretendo no querer verte, aunque siempre acabas viniendo a mi mente y acabas con esa oscuridad que me rodea. Últimamente, cuando camino, solo consigo perderme y después no logro encontrarme. Sólo consigo encontrarte a ti. Eres como una sombra que me persigue en cada calle, en cada puta esquina. Y me dedico a huir, a escabullirme, corro tanto que siento que mi aorta estallará en cualquier momento. Aunque no importa lo que haga, siempre termino tropezando contigo. Y eso me frustra. Tanto que me dan ganas de desaparecer, del mundo, de ti. Y después, ¿qué? Después nada. Varios cafés, los cascos con la música a todo volumen y un recuerdo que me ahoga.

Ella seguía mirando la inmensidad de aquel cielo azul que se reflejaba en sus ojos. Y él... él miraba al suelo.

- Estoy cansada de temer algo que en el fondo sé que llegó hace tiempo.
- A., ¿no has pensado qué pasaría si te equivocas?

Ella giró su rostro, dejando que su cabellera color miel se mezclara con el viento. Le miró a los ojos, clavando sus pupilas sobre esa mirada que la hacía temblar.

- Espero equivocarme.

Porque A., además de tener miedo, también era un poco utopista.

lunes, 12 de diciembre de 2011

#340

Desde la ventana vio a una mujer con grandes gafas oscuras y un hombre con gabardina negra que intentaban pasar desapercibidos entre la multitud. Fingían ser viejos conocidos que se habían encontrado por casualidad, intentaban desesperadamente mantener en secreto sus intenciones. Pero no podían engañarla a ella. Era capaz de intuir que habían reservado una noche en el hotel más lujoso de la ciudad. Era capaz de intuir que necesitaban verse, darse cariño, pero que nadie debía saber que se conocían y menos que en sus mentes soñaban con fugarse juntos alguna vez para poder así conseguir esa vida junto al amor verdadero que ellos formaban.

Eran los amantes de los martes. 

Y ella seguía allí, apoyada en su ventana, mirando como la vida seguía sin que él volviese para salvarla. Estaba encerrada en aquella interminable espera. ¿Cuando regresaría? Se lo había prometido. Prometió salvarla de aquel infierno. Le costaba tanto vivir allí. Esperar sentada frente a la ventana. Y él era el único capaz de ayudarla. Cuando se iba, se llevaba consigo toda la luz que a ella la rodeaba, dejándola sumida en la más completa oscuridad. A veces sentía que él se había olvidado de ella. Pero sabía que debía tener paciencia, pues sería recompensada con su regreso. Volvería a sonreír, a ser feliz. Su corazón volvería a latir.

Pero, ¿por qué no había vuelto aún? ¿Cómo creer ya sus palabras? ¿Donde estaban esas promesas a las que se había aferrado durante los últimos 10 años? Se sentía patética. Quería seguir esperándolo, pero su corazón le gritaba que dejase de hacerlo. ¿Acaso no sabía que aún lo seguía amando? A veces soñaba con dejar de ser la chica asomada a la ventana, la princesa esperando a su príncipe en una alta torre. Pero no podía, porque le quería.

Solía susurrar este discurso cada día al viento con la esperanza de que éste le haría llegar su mensaje: " No aproveches que te amo para mantenerme aquí hasta que te venga bien. Sabes que jamás dejaré de quererte ni de esperarte. Esperar. Aún espero que dejes a esa posible mujer que se ha convertido en tu amante. La mujer que duerme junto a ti cada noche. A la que le regalas un viaje a París porque ella piensa que es romántico. La mujer con la que quedas frente a mi ventana para demostrarme que ya no me amas. Para hacerme saber que jamás saldré de aquí, que seguiré esperándote por siempre, recogiendo los millones de trozos de mi destruido corazón. 

jueves, 1 de diciembre de 2011

#335

Corría, golpeándose con todas las ramas afiladas que le abrían finas heridas en su piel, que le hacían pequeñas brechas sangrantes. La niebla ocultaba el camino, impidiéndole ver cual era su destino, hacia dónde corría. De todos modos, tampoco le importaba. El grito llevaba horas atrapado en su garganta, golpeándolo, menguando la cantidad de aire que pasaba a sus pulmones, haciendo así que sus latidos se hicieran más y más rápidos. Sentía un ardor que le subía por la traquea, obstruyendo todo a su paso, sentía como ese ardor subía como si de una bestia hambrienta se tratara. Sentía el frío barro en sus pies descalzos y cerraba los ojos cada pocos segundos, pensando que algo le perseguía, que caería al suelo y que aquella sombra invisible la abriría en canal. Aunque eso significaría encontrar el final de esa agonía ponzoñosa que llevaba incrustada en el alma.

No tenía ganas de hablar con nadie, las palabras no podían salir, no tenía ganas de pensar que conocería a alguien diferente y que las cosas mejorarían. Las personas le parecían crueles y egoístas, los solía llamar "bestias del infierno".  No quería vivir entre aquellas personas con doble personalidad, no quería formar parte de aquel juego, ese juego que la estaba dejando sin vida, sin aliento.

Se detuvo violentamente. Había salido del bosque, ya no quedaba hierba a sus pies. Le faltaba el aire y jadeaba sin cesar. Giró sobre si misma, asustada, agotada, y volvió a girar una y otra y otra vez, como si bailara con alguien invisible. La espesa niebla la rodeaba por completo, todo estaba oscuro y el frío que hacía sería capaz de convertir su piel en el hielo más afilado jamás existido. Tiritaba de frío, pero también de miedo.

Cayó al suelo, agotada por esa traicionera melancolía que la acompañaba desde hacía días. A su espalda oía el crujir de las hojas, veía cuervos volar sobre ella, negras raíces brotando del suelo, retorciéndose sobre si mismas y avanzando con fiereza. El dolor iba a tragársela por completo y ella no podía hacer nada al respecto.

Y fue entonces cuando sintió el grito en su lengua y abrió su boca hasta que su mandíbula se desencajó. De su garganta salió un grito atronador que le sacudió el alma y se la rompió en mil pedazos. Aquel grito la violó, la abandonó y la hirió como si de cien puñales se tratase. Quería saciarse con su sangre. El dolor la estaba matando.

Las raíces volvieron a meterse en la tierra, los cuervos se fueron y todo quedó en silencio. Lágrimas de sangre brotaron de sus ojos y sus frágiles manos golpearon la tierra con desesperación.

Y ese grito, provocó un eco asesino que se acabó perdiendo en la oscuridad, dejándola sola en mitad de ninguna parte.

martes, 25 de octubre de 2011

#320

Ivy siempre había querido ser una sirena. Siempre que tenía un segundo libre se iba a la playa a contemplar el mar y cuando no podía dormir, se escapaba por la ventana de su habitación para pasear por la playa y así sentir la brisa en su rostro. Había veces que incluso juraría que el mar la llamaba.

Un día, en el colegio, el profesor les preguntó qué querían ser de mayores. Los niños empezaron a gritar:

- ¡Yo quiero ser bombero!-gritó uno.
- ¡Yo astronauta!-gritó otro.

Policías, escritores, veterinarios, doctores.... había de todo. Pero sólo una niña se quedó callada, Ivy.

- A mí me gustaría ser una sirena-susurró. 

Todos comenzaron a reírse de ella.

- ¿Eres tonta? ¡Las sirenas no existen!- gritaban.

La inocente Ivy sólo tenía 6 años y aquello fue como una puñalada para ella.

Aquel día, al volver del colegio, se encerró en su habitación. Se negó a ver y hablar con nadie. Ni siquiera salió a cenar, ¡y eso que había su cena favorita! Se pasó llorando horas y horas, hasta que el mar la llamó y ella se escapó para reunirse con él.

Se metió en el agua dejándose consolar. Notaba cómo la abrazaba y limpiaba sus lágrimas. Entonces lo decidió, sería una sirena, le daba igual lo que los demás pensaran de ella, viviría en el mar por siempre jamás.

jueves, 13 de octubre de 2011

#311

Sintió como su gran áspera mano se posaba sobre la suya con fuerza. Sintió sus ojos mirándole con felicidad, cual niño a quien acaban de comprar chucherías. Sintió sus pensamientos, su latido del corazón. El calor de su respiración cerca de su mejilla. Se giró pero no estaba. Los ojos le quemaban como mil demonios y pronto se le inundaron de lágrimas, pero no pasó de ahí, ninguna cayó a través de sus mejillas. No pensaba llorar.

Dejó que un gran suspiro se hiciera dueño de sus pulmones y en cuestión de segundos lo dejó escapar a través de su boca. Sintió cómo le ardía el pecho y después... después ya no sintió nada.

Lo echaba de menos. Era tan grandioso estar a su lado. Cuando estaba junto a él la esperanza aparecía sola. Le gustaba pensar que él nunca se iría, le gustaba fantasear momentos con él y terminar convirtiéndolos en recuerdos de verdad.

Acarició la roca sobre la que estaba sentada y volvió a suspirar. Lo necesitaba, de verdad que sí. Él era el que la salvaba de ella misma.

Esa noche él no estaba. Miró anhelante al cielo, preguntándose dónde estaría y qué estaría haciendo. Se giró, con la esperanza de verlo aparecer a través del oscuro bosque, con la esperanza de que volvería a salvarla. Pero no fue así. Se rió al darse cuenta de cuán lejos había llegado su esperanza aquella fría noche. Se rió por no llorar. 

Sólo quería que él diera señales de vida, que le dijera que aún la amaba. Tal vez pedir que estuviera con ella era demasiado después de lo ocurrido, pero tenía la esperanza de recibir al menos un mensaje pidiéndole quedar, o al menos una llamada, algo que la alentase a seguir luchando, a no dejarse vencer por el miedo.

sábado, 1 de octubre de 2011

#301

- Noventa y ocho, noventa y nueve y.. ¡cien!


Se pasaba la vida buscándola. Detrás de los árboles, detrás de rocas enormes que los protegían de las descontroladas olas del mar, detrás de las flores de aquel verde prado. Y después tenía que cerciorarse de que seguía siendo ella, de que no había cambiado. Tan guapa y tierna como el día en que la conoció.


Les gustaba jugar al escondite. Nunca se cansaban. Para ellos era una aventura en la que sus corazones latían descontrolados. Y es que había amor por doquier. Desde el primer día en que la vio supo que ella era especial. Para él era algo así como un ángel caído del cielo, o el cielo mismo convertido en persona. Aún después de años junto a ella, seguía intentando encontrar algo que le dijera que todo era real. Que la magia existía, que ella existía.


Pero su cabeza se perdió junto a la soledad. Él era el único capaz de hacer que ella sonriera a la vida que tenía, al desastre al que tenía que sobrevivir cada día, a su pérdida de memoria. Cada día olvidaba hasta su nombre hasta que lo veía a él. Aunque aún recordaba aquel prado que ahora la hacía sentirse segura.


Alguien se echó encima de Brad surgiendo de la nada, haciéndolo caer de espaldas. Aquel punzante dolor no era nada para él en comparación con lo que sentía al verla. Era un amor tan fuerte que le atravesaba todo su ser. Sus besos eran el mejor de los premios, sus ojos el mejor de los libros. Y juntos, mientras el atardecer caía sobre ellos, se fundieron en uno solo en aquel nido de amor y penura.

jueves, 29 de septiembre de 2011

#300

Todo el mundo se preguntaba quién era esa chica que corría sin parar por mitad de la calle sin tratar siquiera de evitar la lluvia con un paraguas o un chubasquero. Llevaba el maquillaje corrido por sus párpados y su triste y pálida piel, mientras sus lágrimas se mezclaban con la lluvia que caía mojándola por completo. Sus ojos verdes ya no tenían esa chispa de esperanza, esa luz de vida. Estaban apagados, cual rosa marchita. 


Sus ojos observaban el mundo con pavor. Su larga melena color caramelo estaba empapada y se le había pegado a la cara, ocultando así el dolor que su destruído corazón reflejaba. Corriendo se alejaba de sus amigos, de su familia, de su vida, de su amor perecido en el fondo de aquel lago.  Se alejaba de todo. Sólo buscaba olvidar. No quería más promesas absurdas, ni mentirás, ni traición, sólo paz.


El sol estaba comenzando a salir. Las nubes comenzaron a disiparse con el primer rayo de sol. Era el momento perfecto. Jamás la encontrarían allí. La soledad y el pesar eran sus únicas compañeras en su paseo hasta el acantilado. Miró abajo. Las olas chocaban con brusquedad contra las afiladas rocas. Cerró los ojos. El viento le acariciaba mientras el aroma a mar salado le impregnaba hasta el alma. Se acercó un poco más al borde del acantilado y como un ángel que cae del cielo, se lanzó al vacío.

martes, 27 de septiembre de 2011

#298


- Cuanto tiempo sin verte.-  susurró como pudo al niño, ya no tan niño, que estaba sentado en su casita del árbol.
- Estás más pálida de lo normal ¿sabes? Sube a recordar viejos tiempos.

Hacía 10 años que Sarah no subía a esa casita, aunque aún recordaba donde estaba la entrada secreta. Pero al llegar, vio que sus viejos juguetes habían desaparecido. Y se quedó allí, esperando un abrazo que nunca llegó. Así que simplemente se sentó al lado de Arturo a contemplar cómo chocaba la lluvia contra los árboles. Fuera del hospital seguía siendo invierno.

- ¿Qué te pasa Arturo?
- Que tengo miedo. Mucho.
- ¿Tú? ¡Si tu nunca tenías miedo! Recuerdo que eras el chico más valiente de toda la clase.
- No esa clase de miedo de niños. Tengo miedo de volver a perderte. Me volví loco cuando te tuviste que ir. Tengo miedo de abrazarte y que tu corazón se acelere tanto que se pare. Tengo miedo de tener que dejarte para no dañar tu corazón.
- Sabes que eso no pasará. Además, los médicos me han recetado unas pastillas que harán mi corazón más fuerte. Así no se volverá a parar. Por lo tanto, podrás abrazarme siempre que quieras.
- ¿De verdad? ¿Estás segura?
- Totalmente.

Entonces Arturo la abrazó, primero despacio y suave, como quién abraza una muñeca frágil que se rompería a la menor fuerza. Sarah sintió como sonreía.

- Te he echado de menos.-le susurró al oído.

viernes, 16 de septiembre de 2011

#289


- ¡Dime la verdad!
- ¿Enserio quieres que te diga la verdad?
- Sí, es lo que siempre he querido.
- La verdad es que me pasaría toda la vida abrazada a ti, que sería capaz de desgastarte la boca a besos, de morderte el cuello hasta que pareciera que te ha atacado un vampiro, de subirme a tu espalda y agarrarte bien fuerte para que nunca te escapases. La verdad es que... que yo sólo quiero estar contigo...

Él la agarró por la nuca y la atrajo hacia sí.

- Si quieres que pare dímelo, sé que está mal, que tienes novio, pero no puedo evitarlo.
-Yo...

Le miró intensamente a los ojos. Y no dijo nada más, sólo se dejó llevar.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

#287


Se conocieron en una vieja tetería del centro de Londres. Era un día gris, de esos en que la niebla estaba tan baja que apenas podías ver a dos palmos de ti. Ella estaba sentada sentada junto a la ventana y miraba a la gente que pasaba por allí. Y de pronto lo vio entrar, en apariencia era un chico como otro cualquiera, pero ella sabía que tenía algo diferente. Él se sentó en la barra y pidió un té helado.

Ella siguió leyendo su libro mientras apuntaba en un precioso cuaderno hecho a mano todo lo que leía y le parecía interesante. Al final de la semana siempre tenía que comprarse uno nuevo, pues solía llenar todas y cada una de las hojas en menos de lo que canta un gallo. Por lo cual tenía una bonita colección de cuadernos en casa que le ocupaban medio despacho.

Pero le gustaba apuntar frases, pues cada una de ellas le recordaba a una minúscula parte de su vida, de sus pensamientos. Volvió a mirar al chico que estaba en la barra. Se había quitado su chaqueta negra y llevaba ya demasiado tiempo removiendo el té. Pero, ¿cuánto era exactamente demasiado? Te quiero demasiado, he sufrido demasiado... ¿qué marca ese límite? ¿Qué nos hace decir que sentimos demasiado?

El chico se giró y ella, avergonzada, apartó su mirada. ¿Se habría dado cuenta de que lo estaba mirando? pensó ella. Pero se dijo a si misma que estaba pensando demasiado, así que decidió recoger sus cosas y marcharse a casa.

Él la estaba mirando disimuladamente, y justo cuando ella salió por la puerta se le calló una hoja del cuaderno. El chico se levantó y no pudo evitar leerlo. "Vivir no es pasar las hojas de un calendario". Se paró a pensar en que ya era hora de dejar su pasado atrás, sonrió, como hacía (demasiado) que no lo hacía, recogió sus cosas y salió corriendo detrás de aquella chica que le había devuelto la sonrisa.

sábado, 10 de septiembre de 2011

#283

Solía caminar entre flores, intentando no pisarlas y robarles su delicada belleza. El sol caía despacio por detrás de las montañas y todo se había inundado de ese naranja-rosado tan característico, haciendo que todo el bosque pareciera un lugar mágico. Le gustaba acariciar las flores con la punta de sus dedos e ir descalza para que la tierra le hiciera cosquillas en la planta de los pies. 


La noche anterior había llovido y la tierra estaba aún húmeda. Algunos despojos de nubes, con ese tono marrón oscuro, contrastaban con el rosado del cielo.


Solía ir mirando sus pies, pero ese día levantó la mirada para ver como el bosque se volvía un bosque encantado. De pronto lo vio, al otro extremo del valle y no pudo evitar sonreír. Hacía mucho tiempo que no lo veía y casi había conseguido borrar su recuerdo. Pero cuando sus ojos chocaron con los de él, desapareció mientras su voz sonaba en su cabeza "Puedo sentir como me estás olvidando". Había sido sólo una ilusión.


De pronto el cielo se cubrió de nubes aparecidas de la nada y taparon el mágico atardecer. Y comenzó a caer la lluvia, fuerte, fría. Y fue ahí cuando se dio cuenta de que se había perdido en mitad del bosque. Estaba sola, y perdida. Se dejó caer al suelo y mientras el agua la azotaba con fuerza, abrazó sus rodillas, pegándolas a su pecho y comenzó a esperar. Esperar a que todo pasara y a que volviera la calma, a esperar que aquella soledad que le estaba calando los huesos desapareciera y dejase ver de nuevo el sol. 

martes, 30 de agosto de 2011

#275


Corría ya sin aliento por las calles de Barcelona. No podía ni quería mirar atrás, donde había dejado caer aquel patito tan mono que él le hizo antaño. Necesitaba desahogarse, expulsar todo lo que llevaba dentro, necesitaba gritar. 

Era muy tarde y todo estaba oscuro ya, lo único que alumbraba aquel sitio eran las estrellas y la luna llena. Hacía mucho frío, tanto que cada vez que Olly expulsaba aire se formaba vaho. 

Paró un segundo, lo justo para ponerse sus cascos y encender su mp3, necesitaba alguien que expresara todo lo que sentía, y nadie mejor que Maldita Nerea para eso. Necesitaba escuchar lo que quería oír.

Y siguió corriendo, bajo la fina y persistente lluvia. Estaba calada hasta los huesos y una lágrima resbalaba por su mejilla. Era una lágrima de amor, la primera que expresaba su sufrimiento, la primera que sonaba en aquel oscuro silencio.

lunes, 29 de agosto de 2011

#274

No quería despertarse del todo, así que medio abría los ojos despacio para después volverlos a cerrar. Eran aproximadamente las seis de la tarde y el calor entraba a raudales por la ventana. Las mejillas de Melibea estaban tintadas de rosa claro a causa del calor. De repente una corriente de aire entró por la puerta y Melibea se estremeció.


Se apoyó sobre sus codos para mirar quién había abierto la puerta y sonrió. Era él. Entró con ella en la cama y pronto notó su mano acariciando su espalda, suave, tímida, con dulzura. El contacto con sus manos le erizaba la piel, sus dedos subían hasta su hombro y después volvían a bajar. Melibea se giró y buscó la sonrisa de Jack bajo las mantas. La encontró y la guardó, para siempre, en su memoria, donde nadie podría arrebatársela. 


Se acurrucó junto a Jack y volvió a cerrar los ojos, no era capaz de decir nada. Qué difícil es dejar salir un poco de amor cuando todo se colapsa en la garganta al querer salir a la vez.



miércoles, 24 de agosto de 2011

#268

Recuerdo haberte abrazado con fuerza aún cuando ya te habías marchado de este mundo. Aún no me lo creía, no me creía que ya no volveríamos a reír juntos, que no volvería a ver la chispa en tus ojos grises. 

Te agarré con intenciones de no soltarte jamás, porque no quería que te fueras para siempre, pues para siempre es demasiado tiempo. Todavía no estaba preparada para decirte adiós, aunque sinceramente, jamás lo estaría. 

Las enfermeras y los médicos intentaban razonar conmigo, pero no podían. Al final recuerdo haber sentido unas fuertes manos que me intentaron sacar de aquella habitación, creo que era aquel negrito tan fortachón que solía servirte la comida. Yo daba gritos y patadas, no quería dejarte ir. Prácticamente me arrastraban por el suelo para intentar sacarme.

Y hasta el último segundo, hasta la última milésima, incluso justo antes de que mis dedos no pudieran agarrarse más al marco de la puerta, esperaba, que aquella máquina enganchada a ti volviese a pitar, que me volviera a dar esperanzas para seguir viviendo.

jueves, 18 de agosto de 2011

#265

A Lorelay se le caían las medias a medida que caminaba. Se paró en la siguiente esquina, estaba nerviosa, la media de la pierna derecha no hacía más que resbalarse hasta debajo de su rodilla.


Cogió con cuidado el elástico de la media y su mano subió despacio, como a cámara lenta, hasta volver a colocar la media en su sitio. Y lo mismo pasó con la pierna izquierda. Bobby estaba embobado mirándola fijamente.

- ¿Puedes dejar de hacer eso?- dijo un tanto nervioso.
- Es que se me caen las medias, no puedo ir con ellas por los tobillos.
- A mi me flaquea el autocontrol cada vez que lo haces, ¿habías pensado en eso? - dijo sonriendo pícaramente.
- ¿Si? Espera...- le susurró al oído con voz sensual. Acto seguido tiró de sus medias hacia abajo para poder así volver a subírselas.

miércoles, 17 de agosto de 2011

#264

A Sergio se le caló el coche en mitad de la carretera, en mitad de la nada. Todo lo que había alrededor era desierto, bueno y un par de cactus. Llevaba un buen rato ensimismado mirando bajó el capó del coche cuando sonó su teléfono.


- ¿Dónde estás?- gritó Alicia.


Sergio iba al recital de piano de Alicia. Era su último recital, aunque ella aún no lo sabía. Un día más tarde se caería del caballo y se rompería un dedo, impidiendo así volver a tocar. Jamás volvería a hacerlo y eso la destrozaría por dentro, pero eso aún no había ocurrido.


- Estoy en mitad de la nada, a unos 45 minutos de Michigan. Se me ha calado el coche y me has pillado intentando arreglarlo.
- Sergio, mi turno es en 40 minutos, lo que significa que aún arreglando el coche no llegarías. Lo que también significa que estás en el sitio equivocado.
- Mmmm... deja que adivine. Debería estar allí, ¿verdad?
- ¡Exacto! Tengo que ensayar, haz dedo o algo e intenta llegar, intentaré atrasar mi turno 10 minutos para que puedas ver a la mejor pianista del país ¿vale?
- Gracias, lo haré. Prometo llamarte cuando llegue.
- Te odio.
-Yo también te quiero.

lunes, 15 de agosto de 2011

#263


Carolina era una chica de 17 años. Morena, de ojos color azul cielo, nariz pequeña y labios carnosos.

Un día conoció a Miguel, un chico de 19 años que no la quería tanto como decía. Él solo buscaba sexo y al ver que no se lo daba, le pegó una paliza que le provocó la ceguera.

A causa de la ceguera, le asignaron a un ayudante voluntario que la ayudaba en su día a día. Ese chico, se llamaba Leo, y tenía la voz más dulce que ella jamás había escuchado.

El amor iba creciendo en el interior de ambos, pero la tristeza seguía en el corazón de Carolina. Ella no había visto un amanecer en 1 año, no había visto crecer a su hermano, no lo había visto a él. Leo la escuchaba llorar todas las noches y eso le desgarraba el alma, por eso decidió hacer algo que cambiará totalmente la vida de Carolina.

Al cabo de dos días, llamaron a Carolina con una grandiosa noticia, tenían un donante. Carolina corrió a contárselo a Leo y ambos lloraron de felicidad. 

Al cabo de una semana, operaron a Carolina y ésta obtuvo unos hermosos ojos color caramelo.


Buscó rápidamente a Leo pero no lo encontraba, así que se fue al parque a pasear, entonces lo vio, sentado en un banco de espaldas a ella. Cuando se acercó un poco más, pudo distinguir unas vendas en los ojos de Leo, mientras éste sujetaba su fotografía con una mano y con la otra sujetaba la correa de un perro-guía. 

Carolina lloró desconsolada, los ojos que ella llevaba, eran los ojos de Leo.

¬ Este es el argumento de mi libro, lo escribí hace un par de años y éste es el resumen. No tenía mucha inspiración hoy, así que decidí daros a conocer mi pequeña trágica historia. Sé que está escrito de manera chapucera, pero es una entrada express antes de acostarme, así que no he podido adornarlo y ponerlo bonito. Aún así espero que os guste. Un besito! 

jueves, 11 de agosto de 2011

#259


Brandon abrió  los ojos y se quedó un rato mirando al techo. Eran las 4 de la mañana y la luna brillaba en todo su esplendor. Se frotó sus grandes ojos azules y bostezó. Se giró muy despacio intentando no crear ninguna otra sombra, pero no dio resultado.

Corrió por el pasillo, casi eterno y se paró frente a una puerta blanca, a la izquierda, al final del pasillo. Durante su carrera le pareció que las pareces de estrechaban, intentando atraparlo. Pero no era más que su imaginación.

Se paró frente a la puerta y llamó suavemente. No esperaba respuesta pues su hermana mayor nunca le dejaba entrar en su habitación. Lizz tenía 15 años, era diferente a toda la familia, ella dormía de día y disfrutaba de la noche, por lo que sabía que estaría despierta. De repente la puerta se abrió.

- ¿Que quieres enano? - dijo Lizz. Tenía su larga melena rubia recogida en una coleta y su rostro estaba pálido. 

Brandon la miró con ojos suplicantes.

- Tengo miedo.- Lizz suspiró.
- Entra anda.- dijo mientras lo empujaba ligeramente hacia dentro y cerraba otra vez la puerta.

Aunque su madre pensaba que Lizz era rara, gótica o algo por el estilo, Lizz era una chica normal. Le gustaba salir con sus amigos, comer helado y vestir bien. Lo que más le gustaba era coleccionar fragancias, por eso su habitación olía siempre tan bien. Era una mezcla, en opinión de Brandon, de perfume, flores y estrellas. Se tumbó en la cama y su hermana se sentó en la silla del escritorio y siguió tecleando cosas en el ordenador. Tardó apenas 1 minuto en girarse y sonreír porque Brandon seguía con la mirada fija en ella.

- Cuando yo era pequeña también solía pasar miedo por las noches.- dijo mientras se tumbaba junto a su hermano.- Incluso ahora a veces lo tengo.
- ¿Y que hacías cuando tenías miedo? Tu no tenías una hermana mayor que te protegiera.

Lizz sonrió. Era verdad, por aquel entonces ella estaba sola y su madre le tenía prohibido ir a su habitación, pues decía que era una niña grande. Ahora ella tenía 15 y su hermano tenía 6, pero aún no sabía cómo huir del miedo. 

- Me solía tapar con la manta y abrazaba muy fuerte a mi peluche. Intentaba pensar en cosas bonitas, inventarme cuentos de princesas.

Brandon se acurrucó a su lado y la abrazó.

- Eh, no te pases.- dijo Lizz con sonrisa pícara.- Y ahora duérmete.

Brandon asintió y se dio la vuelta. Su madre podía pensar que Lizz era rara, pero en realidad, su hermana era genial.

lunes, 8 de agosto de 2011

#256

Creo que soy incapaz de describir lo que sentí al ver a Carla y recordar que la noche anterior acabé tirándome a un tío. Ella solía ser una chica alegre, risueña... pero ahora no parecía feliz, no parecía nada.


Tras una noche de cena con los amigos, mientras recogíamos los platos, Carla me miró, suplicante, como si quisiera que le confesase algo. Seguro que sabía lo de Aaron. Se tumbó en el sofá, mirando al techo, callada, con el ceño fruncido. Le eché las piernas a un lado con intención de sentarme, ella se incorporó, mirándome fijamente a los ojos. 


- ¿Qué pasa? - le dije. Esperaba que no lo supiera.- Pareces... preocupada.


Ella suspiró y miró al suelo. Volvió a suspirar y volvió a clavarme su mirada. Yo sonreí suplicante, intentando que respondiera mi pregunta.


- Matt, tengo que ser sincera contigo, te lo debo.- Vale, lo sabía, lo sabía. O eso o quería dejarlo conmigo, aunque bien mirado, si lo sabía lo haría de todos modos.
- ¿Qué pasa? Me estas asustando.- dije con cautela.
- Ayer os vi, a ti y a Aaron.- Casi me da un infarto. La miré como pude mientras intentaba salir del paso con alguna excusa, pero ella me hizo callar.- Por eso salí corriendo Matt, aunque... fui a buscar a Rue y cuando vi que se preocupaba por mí.. yo... la besé. - Vale, eso no me lo esperaba.- Pero ella me apartó, así que volví a salir corriendo. Era todo una locura. Tú estabas con Aaron en una habitación, haciendo el amor... y todo me sobrepasó. Pero hoy, cuando estábamos cenando, Rue me ha dicho que lo había dejado con Aaron y que me quería. Y.. ¿recuerdas cuando fuimos a por el postre? Me besó.- Me miró en busca de comprensión. Pero... a mi no me gustan las mujeres Matt, yo.. yo te quiero a ti.
- ¿Y crees que a mi me gustan los hombres? Yo te amo Carla. Sé que lo de ayer fue muy fuerte para ti, y lo siento. Y aunque no sirva como excusa, iba muy bebido.- rodeé su cara con mis manos y la besé. Porque la quería, la quería con locura. 
- Y yo a ti mi amor.- dijo mientras me acariciaba la mejilla.- Pero por favor, explícame cómo acabaste haciéndolo  con Aaron.


Entonces nos dio un ataque de risa. La verdad es que iba tan bebida que ni siquiera lo recordaba. Los dos hicimos mal, pero hablar sobre ello me hizo ver que ella era la indicada, la mujer de mi vida, porque no cualquiera aceptaría con humor que su novio se ha acostado con un hombre.






¬Hoy es el primer aniversario del blog. ¡Que ilusión! 1 añito ya compartiendo mis pensamientos con vosotros. 1 año enamorada de mi pequeño desván y de todos sus visitantes. Gracias por hacer este sueño posible, porque sin vosotros esto no habría llegado tan lejos. Un beso :)

miércoles, 3 de agosto de 2011

#251

1,2,3. Respira. No es tan difícil Gloria, sabes que puedes. El olor a muerte impregnaba todo el aire. La oscuridad cubría con su manto el mundo y apenas había unas pocas luces encendidas que la puedieran guiar. Venga, tú puedes. Primero un paso, después otro. ¡Oh! Y recuerda respirar.


Al otro lado ya no había nada. La chica con la mochila de flores sseguía las marcas de sangre que había en el suelo. Parecía que habían arrastrado a alguien por ahí. Tragó saliva y miró a la derecha, desconfiada, temerosa. La casita blanca, que ahora estaba llena de pequeñas motas rojas de sangre, estaba ahí mismo. Gloria llegó a la puerta, donde había un gran charco de sangre y la muerte apestaba.


Pero era su trabajo. La habían llamado y tenía que ir. Ese hombre había acabado con todas la vidas que allí había y un escalofrío la recorría entera imaginando que, si ella hubiera estado allí, también habría acabado con la suya. Aunque ya no había nada más que hacer por aquellos pobres muchachos, sólo corroborar sus muertes.


Gloria volvió a tragar saliva y vio como la puerta de la casa se cerraba tras ella. La oscuridad era casi total. Empezó a andar, al menos allí no olía a sangre, ni se había topado con un poco siquiera, no por ahora. Llegó al pasillo, donde todas las puertas estaban cerradas. Todas vacías. Sus pisadas eran lo único que llenaba aquel vacío después de la masacre.


Gloria giró a la derecha y entró en un nuevo pasillo. Se paró frente a una puerta oscura de la cual provenían unos sollozos. Respiró hondo. Sacó un cuchillo de su bolsillo trasero, sólo por si acaso. Abrió la puerta, era una especie de gimnasio, aunque ahora era más bien un campo de batalla tras una dura guerra. No había rastro del agresor, pero había unas cuarenta personas muertas. Unos cuarenta muertos y mucha sangre. Y en el medio un chico, rubio, sosteniendo un cuerpo inerte entre sus brazos. Un chico que sollozaba. Un superviviente.   




Esta historia va por todos los muertos en el atentado de Oslo y por todas aquellas familias, amigos que perdieron a un ser querido. D.E.P