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jueves, 13 de octubre de 2011

#311

Sintió como su gran áspera mano se posaba sobre la suya con fuerza. Sintió sus ojos mirándole con felicidad, cual niño a quien acaban de comprar chucherías. Sintió sus pensamientos, su latido del corazón. El calor de su respiración cerca de su mejilla. Se giró pero no estaba. Los ojos le quemaban como mil demonios y pronto se le inundaron de lágrimas, pero no pasó de ahí, ninguna cayó a través de sus mejillas. No pensaba llorar.

Dejó que un gran suspiro se hiciera dueño de sus pulmones y en cuestión de segundos lo dejó escapar a través de su boca. Sintió cómo le ardía el pecho y después... después ya no sintió nada.

Lo echaba de menos. Era tan grandioso estar a su lado. Cuando estaba junto a él la esperanza aparecía sola. Le gustaba pensar que él nunca se iría, le gustaba fantasear momentos con él y terminar convirtiéndolos en recuerdos de verdad.

Acarició la roca sobre la que estaba sentada y volvió a suspirar. Lo necesitaba, de verdad que sí. Él era el que la salvaba de ella misma.

Esa noche él no estaba. Miró anhelante al cielo, preguntándose dónde estaría y qué estaría haciendo. Se giró, con la esperanza de verlo aparecer a través del oscuro bosque, con la esperanza de que volvería a salvarla. Pero no fue así. Se rió al darse cuenta de cuán lejos había llegado su esperanza aquella fría noche. Se rió por no llorar. 

Sólo quería que él diera señales de vida, que le dijera que aún la amaba. Tal vez pedir que estuviera con ella era demasiado después de lo ocurrido, pero tenía la esperanza de recibir al menos un mensaje pidiéndole quedar, o al menos una llamada, algo que la alentase a seguir luchando, a no dejarse vencer por el miedo.

2 comentarios:

  1. Bueno... la esperanza es lo último que se pierde.
    Besos :)

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  2. Me gusta el 11 :) hermoso relato! Besosss

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¡Hola! Acabas de decidir garabatear algo para mi, espero de todo corazón que te haya gustado mi blog.
¡Un besito! ¡Y gracias por pasar!
(¡Ah! Y no olvides que puedes quedarte en el desván ^.^ )