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lunes, 24 de octubre de 2011

#319

El amor que sentían Susana y Alberto el uno por el otro era como una llama que refulgía en la oscuridad. Brillante, con aspecto inmortal. Ambos eran como un rayo de esperanza, de pasión que dejaba un rastro de latidos infinitos que surgían de sus corazones. Volvían a ser felices, era como el fuego que se hacía cada vez más fuerte con cada segundo que pasaban juntos. Solían tomar tantas precauciones que hacía tiempo que no destruían bombillas a su paso, pero cada una de sus miradas de deseo seguía siendo igual de peligrosa. Habían perdido el miedo a todo, estaban juntos, y eso era lo importante.


Compartian un secreto, el secreto de Alberto. Un secreto que surcaba sus venas, haciéndolas estremecer cada vez que se acercaba a Susana. No lo podía controlar, pero tampoco quería evitarlo. Simplemente, tenía ganas de ella. Intentaban no juntarse demasiado si había gente alrededor, pero había momentos en el que guardarse las ganas que se tenían dentro de sus alocados y enamorados corazones era una verdadera tortura, un desafío para sus fuerzas. Por eso caían de vez en cuando. Solían terminar cansados, con pequeños quemazones, los pelos en punta y teniendo que cambiar la mitad de las bombillas de casa, pero valía la pena. Era algo tan maravilloso que era imposible no querer volver a repetir. La magia, solían llamarlo. La magia los unió un día de lluvia bajo la noria de la feria de verano.


Las chispas surgieron de Alberto, en la oscuridad de las estalladas bombillas lo inundaban todo con su luz. Era deslumbrante e increíble, un juego de luces que los envolvía por completo. Aquel día tenían que desahogarse. Sus manos estaban fuertemente unidas mientras las chispas inundaban la habitación y les daban pequeñas descargas eléctricas. Se besaron, y gracias a Dios, no ardieron en llamas.

lunes, 17 de octubre de 2011

#314

La felicidad no está en las cosas que uno planea, sino en las que no ve venir; y él había sido como una enorme descarga, nunca mejor dicho, una descarga que a Susana le había alcanzado de lleno.

Alberto había sido el único capaz de hacer que ella dejase de preocuparse por tonterías como las arrugas en las sábanas por la mañana, las fotos que él se empeñaba en sacarle cada día mientras estaba en la cama, había conseguido que ella quisiera seguir viviendo.

Las luces de Manhattan entraban por el gran ventanal del salón, convirtiendo el claro suelo, junto a sus propias descargas, en un juego de luces. Sus cuerpos dejaron un momento de moverse, de acariciarse y se convirtieron en alma. Hablaron del tiempo perdido, de las cosas que habían pasado y que les quedaban por pasar juntos. Decidieron encerrar los malos recuerdos de los últimos dos años en una caja y construir un mundo para guardar allí los que construirían a partir de entonces.

- Gracias por volver de nuevo Alberto.
- Tarde o temprano tenía que hacerlo. Estaba muriendo sin ti. Además, esta vez, es para quedarme.
- ¿Para siempre?
- Sí.

lunes, 3 de octubre de 2011

#302


- ¿Sabes? Solo estaba intentando entenderlo... Intentaba proteger a mi niña.
- Perdone la vulgaridad, ¿pero usted qué coño va a entender? ¿Sabe lo que verdaderamente es amar a alguien? ¿Ser la media parte de un todo?
- He estado casada durante 25 años así que creo que sí.
- ¿Cree? A ver si lo entiende Sra. Waxman: un amor es como un tren, algo que te llevará muy lejos. Se suele saber dónde quieres que te lleve, pero no sabes realmente donde acabarás. Aún así no te importa.
- ¿Cómo no te va a importar dónde acabas? 
- ¡Simplemente porque estáis juntos durante todo el viaje! Y yo quiero viajar junto a su hija, no pienso bajarme del tren. Y si me echan, subiré como polizón.

Quiero recordaros que el concurso de micro-relatos sigue abierto hasta el día 14 de octubre: descubrir las indicaciones al final de la siguiente entrada. INDICACIONES PARA EL CONCURSO


lunes, 26 de septiembre de 2011

#297


- No puedo creer que te hayas atrevido a venir. Te dije que la dejaras en paz Alberto. - dijo la Sra. Waxman cuando los encontró abrazados en el sofá.
- Tenía que verla, hablar con ella.

Alberto se levantó del sofá y se acercó a la madre de Susana, ella le gritaba cada vez más alto.

- Creo que todo quedó muy claro cuando saliste corriendo del hospital. Cuando hablé contigo creí haberte dejado claro que no quería volver a verte junto a ella.
- Mamá, ¿qué está pasando? ¿Cuando has hablado tu con Alberto?- dijo Susana confusa.

Susana había tardado en reaccionar, pero estaba empezando a entender lo que estaba pasando.

- Tu madre vino a verme a mi casa en California. Aún no sé cómo dio conmigo aunque casi prefiero no saberlo. Me dijo que no volviera a tu lado. Que te había hecho demasiado daño y que no te amaba de verdad.
- ¿De verdad le dijiste eso mamá? ¿Cómo te atreves? ¿Quién te crees para decidir quién me conviene amar y quién no?
- Cariño, lo hice por tu bien...- dijo mientras acercaba su mano a la mejilla de su hija.
- Déjame. Vete. No quiero verte.

Pasaron tres horas hasta que Susana volvió a recobrar la calma.

- ¿Porqué has vuelto Alberto? ¿Qué ha cambiado de repente para que vuelvas a verme?
- Nada ha cambiado de repente. Me fui amándote y aún lo hago. Te necesito Susana. Sé que la última vez te dije que no te volvería a fallar, que no me volvería a separarme de tu lado, pero una vez más mi miedo a dañarte se hizo demasiado grande. Jamás he sido tan feliz como cuando éramos uno. No sabes todas las veces que me he preguntado si aún me recordarías, si nos recordarías. Yo te he tenido tantas veces correteando por mi mente...  Millones de veces, créeme. Ahora me gustaría intentarlo de verdad, con todas las consecuencias.
- ¿Así que ya no tienes miedo?
- Muchísimo. Hacerte daño es mi mayor temor, lo temo más que mi propia muerte. Pero prefiero dejar de ser un gallina que volver a sentirme vacío por dentro sin ti.

sábado, 24 de septiembre de 2011

#295

Rugía fuera un huracán cuando llegó Alberto. Susana estaba sentada en la alfombra del salón mientras se abrazaba las rodillas. No lo había oído entrar.  Parecía un árbol al borde del quiebre, con la pena clavada en la espalda como si no pasara nada. Alberto la miraba, se ceñía a su miedo, al no saber qué decir, sin ser capaz siquiera de arrastrarse a su lado para volver a sentir su calor.


- La tormenta no amaina- dijo Susana de repente.


Escucharla hizo que Alberto se atragantase y tosiera. 


- ¿Te da miedo?- preguntó Alberto.


Ella se giró y lo miró a los ojos. En su mirada había un sentimiento de dolor tan profundo que Alberto se sintió desgraciado. 


- No. Después de tu partida perdí el miedo a todo.


Se levantó y empezó a acercarse lentamente hacia Alberto. Lo tocó con la punta de sus dedos, como para cerciorarse de que de verdad era él. Alberto notó que el corazón de Susana empezó a latir desbocado dentro de su pecho. Ese pecho que un día apretó contra el suyo hasta sentir que eran solo uno.


- Yo te quise tanto- dijo ella.


Fuera llovía y se escuchaban las gotas chocando contra el cristal. Susana tenía el corazón herido. Ya no era capaz de distinguir entre lo real y lo ficticio. Había imaginado tantas veces que Alberto volvía a su lado, que dormía junto a ella, que la abrazaba, que tocarlo no le hizo creer que fuera él. Alberto lo notó en sus ojos, sabía que Susana creía que era cosa de su imaginación, pero no era capaz de abofetearla y decirle que de verdad era él. Susana se acercó a la ventana del comedor y ahí fue cuando Alberto vio sus marcas en sus antes delicadas muñecas. Sintió una punzada por dentro, ¿qué había hecho?


- Debí morir aquel día- dijo ella como si se hubiera dado cuenta de que estaba mirando sus marcas.
- En realidad lo hiciste Susana. En realidad lo hiciste, aunque nunca llegarás a aceptarlo.- dijo mientras se acercaba a Susana.


Le acarició la mejilla y la besó, suave, con miedo. Por primera vez desde hacía dos años una bombilla estalló. Y ahí fue cuando Susana comenzó a llorar, a llorar de alegría.




PARA SABER COMO PARTICIPAR EN EL CONCURSO HACER CLIC: CONCURSO DE MICRO-RELATOS

miércoles, 21 de septiembre de 2011

#293

Sonó el timbre de casa nada más abrir Alberto se quedó petrificado, era la madre de Susana.


- ¿Por qué la has llamado? Desapareces sin más y dos años después coges ¿y la llamas?
- Yo.... la echaba de menos...
- ¿A sí? ¿Sabes que intentó suicidarse? Y eso fue hace dos semanas Alberto ¡dos! La dejaste destrozada y aún sigue así. No quiero verla sufrir y es lo que estás consiguiendo habiéndola llamado.
- Sra. Waxman, yo quiero a su hija más que a nada en el mundo, solo que hay cosas de por medio que usted no sabe. Esas cosas son las que me hicieron marchar. Yo no quería lastimar a su hija.
- Me da igual porqué te fuiste Alberto. Tú no la quieres, así que no me mientas, porque no destruyes a la persona que amas.
- Sra Waxman, si pudiera ir atrás en el tiempo y cambiar lo que hice, lo haría.
- Ya es tarde para eso. Por favor, déjala vivir. Ya la has destruido por completo, deja que resurja de sus cenizas sin que estés soplando a su lado.

¬ Sé que llevo un tiempo en el que escribo más sobre Susana y Alberto, pero es que me ha venido cierta inspiración y no la puedo desaprovechar ; ) 


Bueno, me gustaría poner en marcha un concurso literario, con premio y todo eso, aunque aún no he pensado muy bien sobre qué hacerlo. Además, me gustaría saber quién estaría dispuesto a participar. 


La base del concurso, sería escribir un microrelato de entre 200 y 500 palabras sobre algún tema que ya expondré si veo que la gente se anima. 

martes, 20 de septiembre de 2011

#292


- ¿Puedo quererte? Te prometo que no te arrepentirás si me dejas intentarlo al menos, aunque sea un poco..., le dije un amanecer de cielo despejado, labios un tanto azulados y manos congeladas por el frío.- Tanya lo miraba con una sonrisa en el rostro mientras sorbía un poco su té verde-  ¿Que por qué aceptó? Pues no lo sé Tanya... Supongo que por la misma razón por la que a mí me flaqueaban las piernas cada vez que la veía. Al final la llamé, como me dijiste. Pero la cagué, porque después de tanto tiempo no era bueno que lo hiciera. Seguro que ella en unas semanas curó su corazón.

Tanya me miró con cara de sabes perfectamente que eso no es así Alberto. Y sentí pena. Pena por Susana, por el modo en el que la abandoné. Por mí porque nunca sería capaz de estar junto a ella sin llegar a temer por su vida.

sábado, 17 de septiembre de 2011

#290

Habían pasado 2 semanas desde el incidente y acababa de salir del hospital. Su madre casi muere de un infarto cuando la vio desmayada en el suelo  del baño por culpa de la pérdida de sangre.


Ahora estaba en el puente de Brooklyn, se asomó por la barandilla y se preguntó lo que se sentiría al tirarse al vacío. Si sería como volar pero a sabiendas de que morirías en cualquier momento. Se agarró fuerte a la barandilla y se asomó un poco más, pero enseguida volvió a meterse para adentro. No se le daba bien ser medio suicida y además, tenía miedo a las alturas.


Miró al cielo, el calor del sol le hacía sudar y que el pelo se le pegase a la cara. De repente sintió unas ganas incontrolables de correr, como si fuese la única manera de sobrevivir. Tragó saliva e intentó no hacerlo. Así que empezó a andar, muy despacio, sin rumbo fijo. Pero había una cosa que no podía apartar de su mente, él, Alberto. 


Aún albergaba una vaga esperanza de volver a verlo. Por mucho que intentes olvidarlo, no lo conseguirás- le dijo muy bajito a su corazón.


Tenía tantos sentimientos dentro que no sabía ya lo que sentía. Bueno, la verdad es que sí lo sabía, pero no quería admitir que daría lo que fuera por volver a verlo al menos un instante. Estaba absorta en sus pensamientos cuando su teléfono sonó. Genial, mamá otra vez-pensó.


-¿Sí?
- ...
-¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
- Susana, soy... soy Alberto. 

lunes, 12 de septiembre de 2011

#285


- Eres fuerte Susana. Aprenderás a vivir sin él.

Pero a pesar de que se lo repetía constantemente, no podía evitar derrumbarse cada vez que pensaba en él. 

Miró a su alrededor y suspiró, los cristales rotos estaban por todas partes. Había roto el espejo de su habitación, pues cada vez que se asomaba, le enseñaba el reflejo de Alberto y no podía con ello. Solía quedarse paralizada mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas y se derrumbaba un poco más.

Harta de no poder moverse por temor a que aquel cristal lo volviese a reflejar, harta de sentir dolor, lo rompió en mil pedazos. Habían pasado 2 años y aún era esclava de sus recuerdos. Aquella tarde su esperanza terminó por desaparecer y un trozo de cristal se hundió en su delgada muñeca, dejando así en el olvido los recuerdos.


En otra parte del mundo algunas fotos de Susana y Alberto caían al suelo.

- Me es indiferente.- dijo Alberto mientras las dejaba caer.
- No te creo. No te puede ser indiferente.-dijo su hermana.- Aún la amas, así que no te puede ser indiferente. Qué forma tan estúpida de perderla Alberto. Es increíble que la hayas dejado escapar por que tuvieras miedo.
- Yo nunca he sido valiente Tanya, y lo sabes. Me aterra que le pueda suceder algo malo.

Estaba nervioso, intentaba justificar su modo de actuar, aunque la verdad es que ni él mismo era feliz por aquella decisión. 

- Pues entonces que haces California. ¿Piensas seguir con miedo el resto de tu vida?
- No puedo permitirme el hacerle daño Tanya. Me importa demasiado.
- Tampoco puedes permitirte dejar escapar al amor de tu vida. Sé valiente Alberto. Te doy 1 mes para que al menos contactes con ella, sino yo misma lo haré. 

lunes, 5 de septiembre de 2011

#279

Llevaba un par de horas en la cafetería de al lado de su casa. La madre de Alberto la convenció para que descansara un poco y de camino a casa paró allí a tomar un té. Era la cafetería donde solían estar siempre. Pagó y se fue a casa. Nada más entrar fue derecha a la habitación y allí , encima de la cama, encontró un sobre con su nombre. Lo abrió, era una carta.


"Pequeña:


Si estás leyendo esto es que me he ido. Perdón por irme sin despedir, sin decirte nada, pero odio las despedidas, son tan dolorosas... Sé que tal vez nunca me perdones por esta repentina huida, pero tengo algo que decirte. Tú has sido mi ángel guardián, mi luz y mi salvación cuando mi mundo no hacía más que resquebrajarse por momentos. Antes de que llegaras a mi vida la cosa ya iba mal y ya tenía ganas de huir, sé que suena cobarde, pero es la verdad. Huyo, huyo de todo a mi alrededor, de las miradas acusantes de mi familia y también de mi mismo. No pretendo que me perdones, pero si al menos que me entiendas. Tu has sido la mejor cosa que me ha pasado en la vida y eso no lo olvides jamás. Te he querido desde el primer momento. Hemos pasado un millón de cosas juntos, no todas buenas (como aquel día en que casi te mato), pero todas perdurarán en mi corazón. Joder, me siento tan estúpido escribiéndote esto, preferiría habértelo dicho a la cara. Tengo tanto que decirte, tanto que quererte... Hay tantas cosas que me hubiera gustado vivir junto a ti... Me hubiera encantado casarme contigo, estarías preciosa con un vestido blanco. Tener un hijo que correteara por nuestra casa... Una miniatura de ti, sólo de pensarlo me hace sonreír. Pero soy cobarde, no quiero causarte más daños y por eso me voy. Me voy para no volver. Jamás olvides que te quiero y que siempre te querré, esté donde esté, haya la distancia que haya entre nosotros. Yo te quiero a ti y no soy capaz de querer a otra persona. Recuerda que aún puedes buscarme en tus ojos y que mirando al cielo siempre tendrás una pequeña parte de mi sobre ti. Mereces ser feliz y mereces a alguien que pueda abrazarte y besarte sin que temáis por las consecuencias. Sé feliz por favor, por mi. Te amo.


Alberto"




Entonces lo comprendió todo. Comenzó a correr calle abajo hasta llegar al hospital. Tenía que ver si seguía allí, pero no estaba. Las enfermeras le dijeron que había escapado y que la policía estaba de camino. Echó a correr otra vez de camino a la calle. Necesitaba encontrarlo y decirle que no quería que se fuera, que le quería, que los días que había pasado junto a él habían sido los mejores. Que su sonrisa era lo único que la mantenía feliz, que no soportaría volver a estar sin él, que le debía demasiadas cosas. Que nadie cuidaría de ella como él lo había hecho. Tenía tantas cosas que decirle... Corrió a través de toda la ciudad y de repente una voz la hizo parar en seco. Era él, estaba segura. No fue capaz de darse la vuelta mientras él le susurraba que dejara de correr, que siguiera con su vida, que fuera feliz. Una lágrima resbaló por su mejilla, sólo entonces se dio la vuelta, pero él ya no estaba. Se había ido otra vez.  

jueves, 1 de septiembre de 2011

#277

Llegó un momento que su corazón explotó de tanto amor que había dentro. Susana nunca pensó que todo lo que ella sentía por Alberto era tan insignificante en comparación con lo que él guardaba en su pecho.


Esa fue la razón por la cual todo fue de mal en peor, de que aquella noche Susana estuviera en la sala de espera del hospital St Jude. Llevaba ya varias horas allí y su agotamiento la hizo dormirse en aquellos sillones verdes. Había pasado la noche entre lágrimas, mientras dejaba que los médicos tuvieran entre sus manos aquel tremendo corazón. Pensaba que era su culpa, que tal vez, si no le hubiera abrazado cuando sus ojos se lo suplicaron, si no hubiera compartido aquellas risas con él, si no hubiera aceptado su amor...


En cambio ahora lo único que podía hacer era echarlo de menos y rezar por que todo saliera bien. Porque por muchos abrazos que le dieran para consolarla, por muchos ánimos que le dieran, muestras de cariño.... ninguno era ni siquiera una mínima comparación con lo que Alberto le daba cada día. 


Porque el siempre fue fuerte, y grande, y con eso de que tenía poderes Susana creía que nada ni nadie podría hacerle daño, que era invencible. Y ahora sólo podía pensar en cómo el amor podía estar matando a alguien.

jueves, 25 de agosto de 2011

#270

Susana era muy valiente. Qué mentira, una de las más grandes que ella había dicho.  A pesar de todo Alberto se lo había creído.

A veces le dolía todo y tenía que darse un baño de hielos para no sentir nada durante un rato. A causa de las descargas, tenía moratones y quemaduras por todo el cuerpo y siempre le escocían. Nunca se quejaba, pues ella era una chica valiente. Cuando Alberto la miraba desde la puerta, desde aquel día no se acercó a ella por temor a volver a dañarla, ella sonreía, pero en cuanto se iba volvía a apretar sus dientes para intentar aguantar el dolor. Aún así Alberto se daba cuenta de su dolor y la intentaba hacer reír como siempre lo hacía. 

Alberto siempre le decía que era la más dura de todo el firmamento y sin embargo ahí estaba Susana, tumbada en la cama sin poder moverse.


- Verás como en nada vuelves a estar curada - le dijo una tarde.

Estaba muy serio y Susana se asustó.  Nunca lo había visto así. Verlo tan serio le recordaba a su padre, siempre con corbata, impecable y con demasiado trabajo como para perder el tiempo jugando con su hija.




- Claro que sí.

Susana se miró su cuerpo magullado primero y a Alberto después. No se atrevía a decirle que tenía miedo, miedo de perderlo.

- Susana...

Se acercó unos cuantos pasos y las chispas empezaron a saltar, por lo que tuvo que parar en seco cuando estaba a sólo unos cuantos metros de ella. Susana estaba temblando y él lo notó. 

- ¿Qué?
- No tienes por qué, ¿sabes? No tienes por qué seguir conmigo, no quiero ponerte en riesgo y lo sabes. No pasa nada si no quieres arriesgarte a morir. No tienes que demostrarme que me quieres, porque lo sé. Así que deja de hacerte la valiente, porque sé que te mueres de miedo, igual que yo.

Susana se sorprendió. ¿Cómo se atrevía Alberto a decirle eso? Jamás se alejaría de él.  Alberto dio un paso más, haciendo que su casa se quedase sin luz.

- No quiero que te pase nada porque no podría perdonármelo. ¿Con quién me haría el valiente entonces? 

miércoles, 10 de agosto de 2011

#258

La primera vez que se miraron era un 4 de julio. El aire se cargó de electricidad, las chispas revoloteaban por ahí. Cada vez que se rozaban sentían una fuerza sin igual, una especie de magnetismo. Eran totalmente opuestos, y no deberían estar juntos. Ella era una mortal y él, él era capaz de electrificar a la gente con sólo rozarla. Pero no podían evitarlo. Eran tan perfectos el uno para el otro... Su primer beso provocó un apagón en toda la ciudad. Ella no entendía por qué ocurría eso, pero no le importaba.


Cada vez que estaban juntos saltaban chispas, ocurrían apagones... pero no por eso dejaron de estar juntos. Él sabía que la ponía en peligro estando junto a ella, pero la amaba tanto. Cada tarde, cada instante, se esperaban para pasear por la playa mientras el resto del mundo admiraba el espectáculo de luces que aquello causaba.

jueves, 30 de junio de 2011

#233

Alberto se sentó en el alfeizar de la ventana a contemplar el atardecer, le gustaba ver el cielo bañado en color coral. Cerró los ojos y disfrutó de la brisa de verano. Una puerta se cerró a sus espaldas y después sonaron varios libros callendo al suelo. Este aún estaba húmedo por culpa de la inundación de la semana pasada. A pesar de dejar las ventanas abiertas de par en par, no habían conseguido que se secara del todo. Escuchó los pasos de Susana, esos pasos de gatita con sus pies descalzos. Por fin se había levantado, el pasado miércoles, cuando la casa se inundó, Susana recibió una descarga que la había tenido con dolores durante 5 días. Pero a ella le daba igual, ella no pensaba separarse de Alberto, y aunque este estaba asustado por poder dañarla, en el fondo no quería que se fuera. Se giró y la vió recogiendo los libros que había tirado. 


- Hola amor, lo siento ¿te he asustado?- dijo Susana mientras se ponía de pie y se recogía el pelo en un moño.
- No, aunque podrías haberme llamado a la habitación si querías algo.
- Vamos Alberto, no me iba a quedar en la cama de por vida. Los dolores han cesado y tenía ganas de levantarme y abrazarte mientras vemos la puesta de sol. No he muerto, sigo aquí, así que estate tranquilo.


Alberto la cogió por la barbilla y la besó dulcemente.


-Perderte me da más miedo que todo con lo que tengo que luchar. Me asusta más que perder mi propia vida. 

lunes, 13 de junio de 2011

#224

Susana y Alberto solían tomar helado de mango mientras veían la tele sentados en el sofá de color canela que empezaba a tomar la forma de sus cuerpos. A Susana le gustaba jugar con el nivelador de luces y ver la reacción de los ojos de Alberto.


A Susana siempre le habían encantado sus ojos. Eran unos grandes ojos con expresión tristona y del color del océano atlántico. Tenía unas largas y densas pestañas, y cuando lloraba, las lágrimas pendían de ellas amenazando con arrasarlo todo. Susana imaginaba a veces que las cogía con cuidado y las secaba en sus mejillas, aunque él nunca le dejó hacerlo. 


Alberto siempre le había guardado ese gran secreto, ese que hizo que se fuera. Era capaz de irradiar electricidad. Cuando sus emociones eran muy fuertes, daba descargas eléctricas. Así que cuando Alberto se sentía completamente triste, feliz... Susana tenía que que alejarse y dejar que se le pasara.


Aquel día, sin embargo, Susana no iba a irse. Él lloraba mientras hacían el amor, y de repente se levantó y se fue al otro lado de la habitación. Susana se vistió y se sentó sobre la cama.


-No pienso dejarte solo. Pase lo que pase me quedaré contigo hasta que puedas volver conmigo a la cama.
-Pero Susana, ¿es que no lo entiendes? ¡Podría matarte! No puedo estar contigo si sé que te pongo en peligro.
-Me da igual. Las penas duelen menos si son acompañadas. Créeme, lo sé. Cuando te vi aparecer en mi puerta, mi estómago dejó de darme calambres. Así que digas lo que digas, no pienso irme. Me quedaré aquí, sentada sobre la cama, y si me echas de la habitación, romperé la puerta si hace falta, pero no pienso dejarte solo.


Todos los grifos de la casa habían saltado y el agua empezaba a entrar en la habitación. En apenas 5 minutos Susana tuvo que subirse al armario para no recibir una descarga. 

-Susana por favor ¡vete! Nunca me perdonaría hacerte daño.- dijo Alberto mientras sus lágrimas se mezclaban con el gran charco ya formado.

Pero Susana no tenía pensado irse. Dijera lo que dijera Alberto, estaban juntos en aquello. Y si Alberto se ahogaba aquel día, ella se electrocutaría a su lado.

domingo, 29 de mayo de 2011

#212

Llevaba meses sin saber de él. Estaba diferente, había dejado de vestir pantalones de colores y camisas de cuadros, ahora vestía unos vaqueros desgastados y una camiseta color morado que ella misma le había regalado dos años atrás por su cumpleaños.

-¿Qué quieres?
-¿De verdad quieres saberlo?
-Por supuesto.
-Quiero pasar contigo toda mi vida, que tus fuertes abrazos me quiten el frío en invierno, que te mueras por verme, que me llames solo para preguntarme qué tal me ha ido el día o para escuchar mi voz antes de dormirte. Quiero que a mi lado seas tan feliz como yo al tuyo. Quiero que seas mi princesa y la única que está en mi mente, al igual que durante estos meses. Quiero que cuando te llamen la atención en clase por estar en otro planeta pienses: Es que estaba estaba pensando en él. Quiero que me quieras y no haya nadie mas que yo en tu vida. Quiero un nosotros, para siempre.


sábado, 28 de mayo de 2011

#211

Estaba harta de dar vueltas por casa sin saber qué hacer, aquellas 4 paredes la estaban ahogando. El calor del verano era insoportable y tenía el pelo pegado a la frente y a la nuca por culpa del sudor. Aún olía a pintura y los muebles estaban cubiertos de sábanas blancas. 


Encontró una caja tirada en mitad de la cocina, dentro había papel de burbujas y se sentó en la encimera explotando miles de burbujas. Al rato abrió una ventana y sacó el brazo para saber qué temperatura hacía. El viento había cesado por lo que abrió la ventana de par en par y echó un vistazo abajo. 


Vivía en el duodécimo piso y desde allí podía ver el puente de Brooklyn y los rascacielos de Manhattan. Cerró la ventana y una vez más comenzó a dar vueltas por el salón mientras estiraba de su camiseta hacia abajo y se mordía las uñas. De repente sonó el timbre y eso la hizo pararse en seco y mirar la puerta de entrada. Se acercó y miró por la mirilla mientras su corazón latía a mil por hora. Un chico moreno esperaba en el pasillo. Iba vestido con una camiseta morada y unos vaqueros. Parecía nervioso y no paraba de mirarse los zapatos. Susana abrió de golpe y se miraron a los ojos. 

-Has venido- por primera vez en una semana una sonrisa pintó su cara. Llevaba mucho añorando aquel aroma.-al fin has venido.