Seguir · Mimí · eldesvandemimi@hotmail.com · Twitter · Revista

martes, 2 de abril de 2013

#411

Hell se despertó gritando y Heaven se asustó.

Cuando cayó en la cuenta de que estaba en su habitación en lugar de entre aquellas cuatro paredes de la sala de tortura, se tranquilizó. Sentada al borde de la cama, Heaven le miraba con recelo.

- Lo siento... Te he asustado. Sólo era una pesadilla. - La misma de todas las noches.

Pero ahora ella estaba allí. Hell quiso alargar el brazo para acariciarla. No lo hizo. Heaven parecía tensa y distante: rehuyó su mirada y volvió a concentrarse en ponerse aquel precioso vestido que había traído puesto.

- ¿Qué haces?
- Me marcho.

Hell observó la claridad acelerada de la mañana colarse por las rendijas de la ventana. Maldito amanecer... Reptó por encima del colchón y llegó hasta ella, hasta tenerla al alcance de sus brazos y poder rodearle la cintura como podía.

- No te vayas todavía. Desayunaremos algo. Además, estás en casa.

Heaven dejó caer las manos sobre el regazo, y bajó la cabeza hasta casi tocar el pecho con la barbilla. Suspiró.

- Esto no está bien...- confesó.

"¿No está bien?" Llevaba tiempo atrapado entre la muerte, el dolor, el sufrimiento y la mierda. De todas las cosas que aquella jodida guerra le había obligado a hacer por todos los diablos que ésa era la que más le dolía, pero aquello no haría que amarla no estuviera bien.

- ¿Qué es lo que no está bien, Heaven?

Ella le miró. No estaba dispuesta a ponerse en evidencia explicando lo que resultaba obvio.

- No debemos volver a vernos. Tienes que dejar de seguirme. Tienes que olvidarte de mí. 

Hell se incorporó y la besó detrás de una oreja, una y otra vez.

- No puedo...- le susurró.- No puedo olvidarme de ti...

No, no, no..., protestaba su conciencia mientras ella no encontraba fuerzas para obedecerla. Se volvió suavemente hacia Hell y le encerró el rostro entre las manos.

- Por favor...- le rogó mientras le acariciaba las mejillas.- No me hagas esto. Déjame ir.

Hell le besó las manos antes de levantarse. Se cubrió con el albornoz y buscó su portafolios. Sin mediar palabra, puso un papel delante de sus ojos.

Lo primero que atrajo la vista de Heaven fue el sello con forma de llama y, más abajo, la firma de Lucifer. Lo demás eran tan sólo cuatro líneas; las leyó.

- ¿Me crees ahora? Tengo sólo dos semanas para llevarle tu corazón a Lucifer.

Heaven le devolvió el papel haciendo grandes esfuerzos por mantener el pulso firme.

- No lo hagas.- fue lo único que se le ocurrió decir.
- No lo voy a hacer. Pero me depondrán; mandarán a otro en mi lugar a por ti. Tienes que escapar.
- ¿Y a ti? ¿Qué te ocurrirá?
- No lo sé. Probablemente me maten, pero eso no importa en este momento. Escúchame bien, Heaven, tienes que abandonar New York.

A Heaven aquello se le hacía un mundo. No era capaz siquiera de planteárselo. 

- ¿Abandonar New York? ¿Y hasta dónde llegaría...?
- A cualquier sitio. Tal vez España.

Heaven movió la cabeza de un lado a otro y suspiró.

Se dejó dominar por la desolación: los hombros caídos y la espalda encorvada.

- Estoy segura de que no llegaría muy lejos. Si lo que dices es verdad, no pasaría el primer control. ¡Dios mío, está en todas partes!
- Yo sólo soy el cazador que ha de entregar a la reina el corazón de Blancanieves en un cofre...

Heaven esbozó una sonrisa. Le pareció una comparación demasiado tierna para un asunto demasiado cruel. Recordaba cuando había ido con su hermana al cine a ver la película. Y, al recordarlo, fue como si empezaran a abrirse grietas de luz en una habitación oscura...

- Ya...- comenzó a decir con un brillo de perspicacia en la mirada-, pero el corazón que el cazador le lleva a la reina no es el de Blancanieves...

Hell la miró sin comprender.

- ¿Qué ocurrirá si le entregas el corazón a Lucifer?
- Las órdenes son claras, ya lo has visto...- Hell se resistía a ser explícito con ella.
- Me matarán de todos modos.- Heaven lo dijo por él.

Aunque Hell se negaba a admitir que aquélla fuera la última palabra, la última salida. Se rascó la barbilla, nervioso. 

- No lo sé... Podría intentar ganar algo de tiempo...

Ganar tiempo. A Heaven, aquello le sonaba bien porque una vez hubiera salido de allí, tal vez conseguiría huir sin dejar rastro. Y Hell... Hell debería hacer lo mismo por su lado.

- Pero, Heaven... - La miró más incrédulo que esperanzado.- ¿Estarías dispuesta a morir?

Ella sonrió y a él le pareció que tenía la sonrisa más dulce del mundo, que cuando Heaven sonreía su rostro adquiría matices divinos, que su sonrisa tenía algo de sobrenatural, y no porque realmente lo fuera, si no porque hubiera nacido con ello. Cualquier sacrificio valdría la pena si con ello merecía su sonrisa.

- No puedo hacer eso.- El rostro de Heaven se ensombreció.

Hell tomó su barbilla para alzarle el rostro. Ésa era la respuesta que buscaba.

- Vuelve a sonreír.

Y Heaven sonrió.

- Eres un buen chico, Hell.  De un modo u otro siempre lo he sabido. Pero la guerra nos ha condenado a bandos opuestos... Pase lo que pase, mi suerte está sellada en ese papel. En cambio, la tuya todavía no. Mírate el brazo, estoy seguro de que Lucifer tiene algo que ver. Y si estás vivo, si aún estás aquí, es por algo. Tú aún tienes una oportunidad.
- No sé adónde quieres llegar.- confesó Hell ante el lenguaje críptico de Heaven.

Y aquello le valió otra sonrisa. 

- A proponerte un trato. A proponerte que te comportes como el cazador: llévale a tu reina un corazón, pero no el de Blancanieves, Llévale a tu reina un corazón falso.


sábado, 23 de marzo de 2013

#410


El capítulo es largo, porque voy una semana fuera y no podré actualizar. Ya tengo la siguiente parte casi terminada, tan sólo me faltan unos pequeños matices. Espero que os guste.

Heaven le miraba aterrorizada; la cara desencajada y sin color.

Hell se acercó a cerrar la puerta. Heaven no quería que lo hiciera. Y se acercó hacia ella. Heaven no quería tenerlo cerca.

- ¿Te encuentras bien? Tienes mala cara... - dijo él rompiendo el hielo que se había formado en el aire.
- Sí. Es que hace un poco de calor...

Heaven no le dijo que había decidido no amarlo de nuevo. Se había puesto tan nerviosa que había dejado de respirar. De pronto, no pudo más. Subió las escaleras corriendo, entró en la habitación a toda prisa y se apresuró a entrar al baño a vomitar. Después usó la pasta de dientes para quitarse el mal sabor de boca.

- Abriré la ventana.- dijo él cuando salió del baño.

Hell apagó las luces y abrió las ventanas de par en par. No quería que ella viera la vergüenza que sentía de él mismo por haberla dejado marchar.

-Siéntate aquí que te dé el aire.- sugirió, acercándole un sillón a la ventana. Ella obedeció. Una brisa fresca le secó el rostro sudoroso y empezó a sentirse mejor.

Hell se asomó a la ventana. Sacó una pitillera de su bolsillo y encendió un cigarrillo. Su silueta negra se recortaba sobre el fondo azulado del exterior y el pitillo era un punto naranja y humeante. Si Heaven hubiera tenido un pincel a mano, habría pintado sobre el lienzo de la ventana. Primero pinceladas salvajes que emborronaran los colores hasta hacerlos más oscuros, tan oscuros como su alma... Aunque quizá, finalmente, hubiera acariciado los contornos y difuminado las siluetas con un roce suave de pincel. Heaven quería gritar, o llorar, pero también flotar en un cielo estrellado en el que sus penas desapareciesen.

En la calle sonaron disparos, mas ninguno de los dos se sobresaltó. En la noche era habitual oír disparos, seguido del chillido de las sirenas. New York agonizaba a su manera.

Heaven se levantó y se asomó a la ventana junto a Hell. Era una noche oscura sin luna. Una sola farola al pie de la entrada de la casa iluminada con su bombilla azul toda la calle, por la que pasó un coche con los faros apagados y con el motor a pocas revoluciones, como si no quisiera despertar a los vecinos y anduviera de puntillas. Por lo demás, nada parecía tener vida en aquel barrio de New York, tan sólo ellos dos en el umbral de una ventana abierta.

Cuando Heaven se acercó a él, dejó de notar el olor que invadía la casa; junto a Hell, olía a colonia y tabaco.

Hell dio una última calada al cigarillo y arrojó la colilla al fondo de un pequeño tiesto vacío que había en la ventana.

-Debemos irnos Heaven. No queda mucho tiempo para que ni siquiera yo esté a salvo.
-Lo sé...

Hell bajó la vista para observarla y ella le devolvió la mirada. Un halo de luz azul rodeaba el rostro de Heaven y su piel parecía de terciopelo.

-Lo único bueno de vivir aquí es que se pueden ver las estrellas...

Hell no pudo estar más de acuerdo: estaba frente a miles de estrellas azules. Puede que incluso pudiera llegar a tocarlas... Alargó el brazo y acarició con el dorso de la mano el mentón de Heaven. Y ella se dejó, buscando las caricias como un gato mimoso mientras Hell dibujaba el óvalo de su cara.

Entonces cerró los ojos y él le acarició los párpados. Heaven entreabrió la boca y Hell le rozó los labios con los dedos. Heaven gimió... Hell se inclinó sobre ella y la besó en el cuello como tanto tiempo llevaba deseando hacer... Heaven gimió... Hell volvió a besarla... en el borde de la mandíbula..., en la barbilla..., en la comisura de los labios..., en los labios entreabiertos... Heaven gimió... y por los labios entreabiertos de ella asomó la punta de su lengua. Su lengua rozó la boca de Hell... el nódulo de sus labios, el borde de sus dientes... Hell gimió... Rodeó a Heaven con los brazos y volvió a besarla.

Si Heaven hubiera bebido, no se habría sentido más embriagada. El beso de Hell era suave y su aliento cálido le acarició los labios como el vapor de una taza de té antes de beber. Entre sus brazos se supo a salvo, porque aunque las piernas le flaqueaban, él la sujetaba y no la dejaba caer. Abrió la boca y dejó que entrase aquel beso de Hell. No era capaz de no amarlo.

Hell empezó a respirar con dificultad, no sabía si a causa del deseo o de la ansiedad, o quizá fuera su conciencia. Algo de todo eso iba a explotarle en el pecho. Se apartó de Heaven para tomar aire.

-No...- murmuró ella.- No me sueltes...

Heaven le abrazó con fuerza, como si tuviera frío, como si tuviera miedo. Aquello era más de lo que Hell podía soportar. Sentir el calor de su cuerpo, los pechos, las caderas, las manos en su espalda... Hell iba a reventar.

-Déjame desnudarte, Heaven...- le pidió con voz ronca.

Ella le acarició con sus preciosos ojos verdes entornados; había algo de animal en aquella mirada. Se descalzó y acompañó la única mano de Hell hasta su tirante derecho... Él lo deslizó por su hombro..., y después el izquierdo... Ella sacó los brazos y dejó que el vestido se deslizara a través de su cuerpo hasta el suelo. Sus pechos quedaron al descubierto. Los besó primero, los acarició con la punta de la lengua después y los mordisqueó finalmente, al encontrar los pezones. Heaven gimió de nuevo y su piel se erizó al contacto con el aire frío de la noche que entraba por la ventana. Él volvió a abrazarla, a abarcarla entera con sus brazos, al menos de lo que le quedaba de ellos, a frotarle la piel, a apretarse contra ella. Y regresó a su boca: a sus labios, a sus dientes, a su lengua, a cada rincón de ella mientras le metía la mano por dentro de las bragas.

Heaven dejó de besarle, no podía gemir y besarle al mismo tiempo. No podía soportar la presión en el pecho y el cosquilleo en el pubis, la sensación de vértigo en el estómago y la falta de riego sanguíneo en la cabeza. Se separó de Hell, anduvo hasta la cama y se tumbó en el colchón.

Hell se quitó la chaqueta, y se desabrochó la camisa. Permaneció unos instantes contemplando el cuerpo desnudo de Heaven sobre las sábanas: parecía un bosquejo sobre un lienzo, poseía la belleza conmovedora de una obra de arte. Se tumbó junto a ella y la protegió entre sus brazos. 

Una noche de reencuentro. Toda una noche amor acumulado.


domingo, 17 de marzo de 2013

#409

Cuando se despertó aún no había llegado la policía. Pensó que tal vez sería mejor aprovechar el tiempo y darse una ducha para adecentarse. Después buscaría algo de ropa por los armarios, tal vez habría algo que le valía.

Se levantó despacio, con el pelo alborotado y el cuerpo un tanto agarrotado por la postura en la que se había dormido. Giró a la derecha en la puerta del salón hacia las escaleras que conducían al segundo piso. Uno, dos, tres, cuatro... en total había veintiún escaleras. Veintiún escaleras que se le hicieron demasiado largas.

Cuando llegó arriba, se encontró con un largo pasillo con cuatro puertas, todas ellas cerradas. Se aventuró a abrir la más cercana a ella. La puerta chirrió mientras se abría. Dentro pudo ver un cuarto de bebé. Era un precioso cuarto blanco y turquesa. Bajo la ventana había una cuna como las de los cuentos de hadas, llena de gasa blanca. También había un cambiador de pañales y un armario preciosamente tallado en una de las esquinas. Y peluches, muchos peluches.Ver aquello la llevó instintivamente a recordar a su hermana, a su familia. Una lágrima rodó por su mejilla, la cual apenas pudo verse, pues ella la quitó con el reverso de su mano tan rápidamente como había aparecido. 

Abrió la segunda puerta. Esta vez se trataba de una habitación de matrimonio. Era amplia y de color beige. No estaba muy amueblada. Apenas tenía la gran cama del centro con sus dos mesillas de noche y un armario enorme que ocupada gran parte de la habitación. Lo que sí había, era otra puerta. Al abrirla descubrió el baño más grande y precioso que jamás había visto. Era blanco con suelos de mármol y estaba adornado con motivos marinos. Conchas, estrellas de mar, ramas que servían de soporte para alguna que otra joya... Tenía una colosal ducha de cristal con una de esas alcachofas que hacen que el agua que cae parezca lluvia. No pudo evitar sonreír.

Se metió en la ducha y puso en marcha el agua. Ésta comenzó a salir y a bajar por su cuerpo desnudo. La envolvía suavemente, haciendo que todas sus preocupaciones se fueran con la suciedad de su cuerpo. Se enjabonó el cuerpo y el pelo con uno de los botes que había visto en una cesta. Olía a frutos del bosque. Todos sus sentidos se concentraron en aquel olor. Hacía tiempo que su cuerpo necesitaba algo así.

Cuando acabó de ducharse, salió a buscar algo de ropa que le quedase bien. Gracias a dios, en ese gran armario había ropa de mujer. Y muy exquisita, todo había que decirlo. Escogió un vaporoso vestido blanco con espalda descubierta de Chanel y unos Manolo Blahnik que le casaban perfectamente. Mientras se abrochaba la tira de su zapato derecho, pensó que tal vez no era buena idea esperar a la policía. ¿Cómo explicaría quién era?, ¿quién la había secuestrado?, y lo más importante, ¿por qué? No, no podía quedarse allí. Pero, ¿cómo podría salir de aquél lugar? De pronto se acordó de algo. Era una estúpida. No estaba acostumbrada a ser un ángel y había olvidado que contaba con unas alas para poder volar. Podía sonar a cliché, pero no era como todo el mundo se imaginaba. Los ángeles no iban siempre con sus alas puestas, y tampoco tenían aureolas en la cabeza. Al igual que los diablos tampoco tenían colas puntiagudas y cuernos.

Era la primera vez que abría sus alas y no sabía usarlas, pero eso no le impediría volver a casa. 

Durante el camino se paró a pensar sobre Hell. Lo amaba, aún lo hacía, pero no podía seguir haciéndolo. Tan solo le servía para sufrir, para consumirse poco a poco por dentro. Lo cual la llevó a decidir que no iba a amarlo, y tampoco a dejar que él la amase a ella si es que alguna vez volvía a verlo. Ya no era la chica inocente que él había conocido. Heaven había convertido en alguien manipulador, mentiroso, un demonio vestido de ángel. 

Consiguió llegar y no pudo evitar pararse unos minutos a contemplar su casa. Parecía estar abandonada. Aquella casa que había pertenecido a su familia y que había compartido con Hell. Había tantos recuerdos, buenos y malos. Besos, caricias, peleas, gritos, deseo, pasión, decepciones, dolor... Miles de sentimientos enredados en un bucle que jamás desaparecería. 

Al fin se decidió a cruzar la puerta. Se desharía de todas las fotos, de su ropa, de su olor... Al menos si aún seguían allí. Sacó la llave de la puerta del gran macetero que quedaba en la esquina izquierda del porche. La guardaba por si algún día se le olvidaba. Metió la llave en la cerradura, la giró y en cuanto escuchó un click, dio un pequeño empujón. Nada más abrir la puerta se encontró de lleno con los ojos de Hell clavados en ella. Le faltaba parte de un brazo, pero era él.

- Hola, Heaven.


lunes, 4 de marzo de 2013

#408


Tan solo tenía que mover el cierre de aquella verja que daba paso al jardín, pero las manos le temblaban tanto que al final tuvo que abrirla de una patada. La pequeña bicicleta cayó con estruendo.

No le importaba despertar a toda la casa, de hecho, eso era lo que quería. Se sintió a salvo nada más pisar el suave césped, que parecía recién cortado.

La sombra de unos árboles cobijaba un pequeño banco de hierro rodeado de flores silvestres y una pequeña fuente de mármol preciosa.

Una luz amarilla brillaba en la ventana superior, como si alguien hubiera olvidado apagarla tras una sesión de lectura. Aquel pequeño resplandor y el estado tanto del césped como de la casa, eran las pruebas de que estaba habitada.

"Estoy a salvo", se dijo mientras sus ojos acariciaban aquella pequeña mansión familiar. Era de piedra noble y estaba en un estado impecable a pesar de que estaba segura de que tenía varios siglos. Por primera vez, le preocupó su coartada. ¿Qué pensaría aquella familia al abrir la puerta y encontrarse con una muchacha desnuda llena de barro y sangre? Sin duda llamarían a la policía.

Tendría que dar muchas explicaciones, demasiadas. Pero en aquel momento aquello era lo que menos la preocupaba. Su vida era lo que estaba en juego. En dos segundos pensó en dar su identidad real y explicar que la habían secuestrado. La policía sin duda la llevaría de vuelta a su casa familiar, donde vivía con Hell. Pero su coartada tenía lagunas, su nombre edad real no correspondía a la apariencia que tenía y además, ¿qué haría cuando volviera a ver a Hell? De todos modos, en aquellas circunstancias, lo único que importaba era volver a su casa. 

Llamó al timbre sin resultado. Volvió a mirar hacia la ventana con luz, pero nadie se asomó.

Volvió a llamar.

Nada.

¿Y si no había nadie? Ante la duda, comenzó a golpear la puerta con determinación. Pero entonces se dio cuenta de que estaba abierta.

Entró gritando:

—¡¿Hay alguien en casa?! ¡Por favor, ayúdenme!

Nadie respondió.

Localizó el interruptor y encendió las luces del salón. Tenía un techo altísimo de vigas, el suelo de madera y unas gruesas alfombras blancas de pelos que contrastaban con la frialdad de las paredes de piedra. Había un sofá color beis con mullidos cojines frente a una chimenea de estilo Victoriano y una gran mesa de nogal del mismo estilo con sillas tapizadas a juego. Sobre la mesa había un MacBook Air junto a un teléfono muy antiguo. No dudó en descolgarlo.

Tenía sus dudas de que aquello funcionara. Sin embargo, el aparato dio señal de llamada en cuanto descolgó el auricular. Introdujo el dedo en el nueve y fue girando la rueda para marcar el número de emergencias.

Una voz ronca sonó al otro lado del teléfono.

—Póngame con la policía. ¡Por favor, rápido! No tengo mucho tiempo..,
—Tranquilícese, señorita, y dígame qué le pasa.
—Me han secuestrado. He logrado escapar y he entrado en una casa, pero no hay nadie y temo que mi captor me encuentre. ¡Por favor, vengan a rescatarme!
—¿Dónde se encuentra?
—¡No lo sé! Creo que a las afueras de New York, pero tal vez esté más lejos. Es una casa de piedra de estilo Victoriano al fondo de una arboleda... ¡No tengo la menor idea de dónde estoy! —gritó angustiada.
—No se preocupe. Localizaremos la llamada y mandaremos a una patrulla lo antes posible. No se mueva de donde está, por favor. Cierre la puerta y apague todas las luces para no llamar la atención desde fuera.

Se sentó en el sofá y sintió cómo el agotamiento vencía sus últimas reservas de energía. Una risa floja se apoderó de ella antes de que se quedara completamente dormida.¡Lo había conseguido! ¡Era libre! 

lunes, 18 de febrero de 2013

#407


- Caerás, Seis, y no podrás hacer nada para remediarlo.

Hell estaba harto. Harto de que le interrogaran, harto del dolor, harto de no poder estar con Heaven. Los otros seguían mirándole los labios como si en cualquier momento estos fueran a dejar escapar las palabras que tanto buscaban. Había cinco, tres hombres y dos mujeres. Todos con conjuntos negros y botas militares a juego. La ropa de la mujer más alta estaba hecha jirones, totalmente destrozada y bañada en polvo de revolcarlo por el suelo. Sus mejillas estaban manchadas de la sangre que había salido disparada de su nariz hacía unos instantes, o, tal vez, del machete que reposaba ahora en sus caderas y que antes había utilizado para hacerle un profundo corte en el brazo izquierdo. Estaba cansada, desecha, consumida bajo el duro agotamiento físico que conllevaban las palizas del Infierno. Lo miraba expectante, a la espera de unas palabras que no iba a decir.

- El maldito es maldito y no un condenado. - dijo Hell.- Y yo soy un maldito de nacimiento, ¿sabéis?

El silencio bailaba en la sala de torturas. Los otros lo miraron a los ojos y, la misma chica que antes lo había zurrado hasta dejarlo sin aliento, suspiró:

- Tú no eres un maldito, ni siquiera eres un condenado. Estamos tratando de salvarte de las garras de Dios.

Resopló desesperado al oír aquellas palabras.

- El diablo y el Infierno no son más que una maldición. Una pústula llena de pus- dijo mientras intentaba contener la ira que lo carcomía.- Si caigo, caeré en la tumba. Pero me llevaré el amor de alguien maravilloso conmigo. Si muero, comenzará una revolución que sumirá al Infierno en la desgracia.  Porque, si caigo, te aseguro que me encargaré de caer esparcido en los mil y un pedazos que una vez fui y dejé de ser gracias a Heaven. Jugáis una guerra perdida, pues no conseguiréis jamás lo que buscáis y tan solo hacéis que me encierre más en mí mismo recordándome lo que ahora es anhelo de un repudio derramándose sobre las brasas de este destierro. Porque sé que, si caigo, caeré, pero sé que haré surgir el fin de un mundo que Satán siempre ha creído suyo.

Un rayo de luz feroz y traicionero irrumpió de pronto en la habitación y se posó sobre el brazo desnudo de Hell. Se estremeció al sentir el dolor a su contacto. La piel hervía bajo aquel fulgor e invadía cada uno de los rincones de su cuerpo. Y ardía, ardía al igual que las llamas que lo consumían desde que la había perdido. Pero eso no lo detuvo. Hell se levantó, y ,despacio, bajo la atenta mirada de los otros, se dirigió a la puerta de salida.

No volvió la vista atrás, pues sabía que lo dejarían salir tranquilamente creyendo que su vida acabaría muy pronto. Nada más cerrar la puerta, hizo algo que ellos jamás esperarían. Durante la paliza, había conseguido hacerse con uno de los varios machetes que la mujer llevaba en el cinturón. Lo agarró decidido y, sin pensárselo dos veces, se cortó el brazo izquierdo de codo para abajo. Se hizo jirones la mugrienta camiseta para cortar la hemorragia y corrió hacia el pasillo de su derecha. Sabía que tan solo disponía de unos minutos para salir del edificio, pero nada ni nadie podría pararlo ya.

viernes, 15 de febrero de 2013

#406


La sonrisa de Himmel desapareció. Sin duda se estaba preguntando si aquello era una estrategia para escapar.

- Si quieres tenerme, tendrás que encontrarme... -dijo Heaven guiñándole un ojo, traviesa.

Una leve sonrisa asomó en la comisura de sus labios, aunque sus ojos mostraban recelo.

- ¡Es tan solo un juego Himmel! He podido oír claramente cómo cerrabas la verja. Además, estos muros son muy altos como para escalarlos. ¡No podría aunque quisiera!

Él los observó durante un instante intentando calibrar sus posibilidades de escapar.

- ¿Qué es lo que tanto miedo te da? Vamos, será divertido...- insistió.
- Está bien, pero descálzate primero.

La hiedra cubría las paredes, al igual que los rosales, así que suponía que aquello la detendría si intentaba escapar.

- Solo si tú lo haces también- le retó.

Se quitaron los zapatos entre risas. Ella tomó su mano y volvió a arrastrarlo hasta el centro del cenador.

- Contaré hasta diez- dijo él.

Antes de que comenzara a contar, hizo algo que nadie que tuviera intenciones de escapar haría. Se quitó el sujetador lentamente y lo lanzó a sus pies. La desnudez la hacía vulnerable, pero era así como ella quería que la viera. Quería despejar sus dudas sobre sus reales intenciones, avivar su deseo y ganar su confianza para poder tener una oportunidad de escapar de allí.

- Eres un hada de lo más traviesa...- dijo Himmel extendiéndole el fular para que le tapara los ojos.
- No sabes cuánto...

Apretó bien el nudo y se dirigió al roble al tiempo que él comenzaba a contar.

- Uno, dos; tres...

Se agarró a la rama más próxima y se impulsó hacia arriba con toda la fuerza que tenía. Cual gato sigiloso, se deslizó por ella hasta alcanzar otra más alta. Era fina, pero resistió su peso. Rezó para que no se partiera.

- Cuatro, cinco, seis...

Saltó a otra rama, y luego a otra. De manera que, en pocos movimientos y con una rapidez felina, había ascendido varios metros. Estaba a punto de conseguirlo...

- Siete, ocho...

El crujido de una rama alertó a Himmel. Su corazón se puso a mil.

- ¡¿Qué diablos estás haciendo?!

Su mirada se posó en el roble un instante antes de comenzar a correr hacia él. Intentó trepar, pero las ramas bajas eran demasiado finas para soportar su peso y cayó de bruces contra el suelo.

Ella no se giró, ni siquiera bajó la vista. Solo trepó y trepó hasta alcanzar las ramas más altas, las cuales estaban pegadas al muro. Se encaramó a él y saltó al exterior.

Echó a correr con todas sus fuerzas.

Oyó cómo Himmel gritaba su nombre y cómo su voz se fue perdiendo a medida que se alejaba de aquel terrible lugar.

Corrió sin mirar atrás. Su desesperación por alejarse de aquella casa y de Himmel hizo que ni siquiera notara cómo las piedras se clavaban en sus pies desnudos abriendo pequeñas y dolorosas heridas.

Solo pensaba en huir.

Avanzaba veloz por el asfalto, aunque las lágrimas y la noche cerrada hacían del camino de escapada un lienzo negro indefinido.

Mientras el dolor ascendía desde la planta de sus pies hasta su nuca, podía escuchar el pulso en sus sienes y cómo su corazón latía frenéticamente. Intentó controlar la respiración, pero el aire parecía estar a punto de reventar sus pulmones. 

De pronto vio una arboleda y sin dudarlo, se adentró en ella cojeando. Además de los pies en carne viva, tenía las piernas llenas de arañazos por culpa de la escalada, aunque ni siquiera le dolía. El pánico a volver a ser encerrada anestesiaba cualquier dolor y la hacía seguir.

Se giró temerosa a distinguir la silueta de Himmel, pero el lugar estaba solitario y silencioso. Tan solo su respiración se atrevía a desafiar a la noche.

Supuso que Himmel habría corrido hacia la verja del lado opuesto del jardín y eso le daba cierta ventaja. A pesar de todo, no podía confiarse, ya que él era más rápido y fuerte que ella.

Tras recuperar el aliento, reprendió su carrera bosque adentro. Estaba al límite de su resistencia y lloraba de pura tensión. El plan había funcionado, pero estaba en un punto de no retorno. Había traicionado la confianza de Himmel, por lo que, si la encontraba, no dudaría en vengarse. A fin de cuentas, se había criado en el infierno.

"Es uno de ellos", se repitió para recordarse de quién huía y sacudirse el destello de amor que había visto en su mirada.

Las lágrimas le dificultaban la visión, pero de pronto divisó una débil luz al final del bosque. Secó sus mejillas con sus manos y se adentró por un fangoso sendero en dirección a la casa. El barro le engullía sus heridos pies y ralentizaban sus pasos. Estaba exhausta.

La visión de una pequeña mansión a otro lado de sendero la tranquilizó. Junto a la verja del jardín había una bicicleta infantil, lo cual indicaba que allí vivía una familia.

lunes, 4 de febrero de 2013

#405

Hacía frío. Algo inusual teniendo en cuenta que se encontraba en el infierno.

No era un frío definible, si no más bien genérico. Se colaba por todos los poros de su piel; lo resquebrajaba  de la misma manera en la que lo haría una apisonadora. La sangre fluía oscura por él, impregnándolo con su característico color, hasta que por fin se secaba cual hoja en otoño. El frío erizaba su vello, como si por todo su cuerpo corriese una corriente eléctrica que lo torturaba poco a poco. No era la primera vez que sentía aquel frío. No era la primera vez, tampoco, que decía que sentía aquel frío. Todas las noches, desde que ella se marchó, cuando se tumbaba en su cama, herido, le asaltaba como pesadilla recurrente. Se preguntó si alguien más sería capaz de sentirlo. Probablemente no.


Mantenía los ojos bien abiertos; durante aquel tiempo, había aprendido a mirar de verdad a su alrededor, a descubrir las respuestas de las incógnitas no resueltas. Al principio le escocían los ojos, pero hacía tiempo que se había acostumbrado y ya nunca los cerraba. Ni siquiera cuando dormía. De hacerlo, era tan sólo para ver esa hermosa oscuridad que ahora lo engullía día y noche. Sentía la necesidad de mantener abiertos los ojos para que ningún detalle se le escapase. No podía evitar mirar cómo Hölle recorría aquella habitación de arriba a abajo intentando que él hablase. Era como una hora eterna. El sitio era grande, por lo que había mucho que mirar.  Fuera estaban los otros, allí sólo estaban Hölle y él. 


Los otros lo metieron ahí para preguntarle, para torturarle. Torturarle por no dar caza a Heaven. Ya ni siquiera lo llamaban por su nombre. Había pasado a ser tan sólo un número. Seis. Era curioso tener que mirar a cualquiera de ellos cuando lo llamaban así. Él era Seis, no Hell, Seis. Y sólo respondería a Seis, nunca a Hell. ¿Cómo podía reducirse alguien como él a un solo dígito? Su vida estaba compuesta por varios seises: un seis de diciembre conoció a Heaven, un seis de octubre la perdió y bastaron tan sólo seis segundos para que su corazón se resquebrajase en mil pedazos. Seis. Un número que marcaba su paso, y estaba seguro que le quedaban seis minutos, horas, días, meses o lo que fuera para morir.


Lloraba todas las noches. Aquella también. Estaba tumbado, vestido con un pijama negro sin ropa interior y le picaba la piel de la inmundicia acumulada. Jamás sabrás lo desagradable que es la suciedad hasta que te des cuenta de que además de estar sucio, así te sientes y eres. Posicionó sus manos sobre su vientre y las entrecruzó.


Había perdido la noción del tiempo. Ya no sabía cuánto tiempo llevaba allí ni cuánto permanecería. Sentía que todo se estrechaba y menguaba. Se convertía en algo insignificante y se sentía tan estrujado como la esponja que solía usar para ducharse. El silencio que apuñalaba aquel lugar cuando no lo acribillaban a preguntas, lo aterraba. Era inevitable no pensar en salir de aquel lugar. 


Olía a miedo, a violencia. Los otros no tardarían en ir a buscarlo para llevarlo a la sala de torturas. Él no gritaría. Allí lo atarían a una silla con clavos ardiendo y comenzaría el interrogatorio, lo mismo de todos los días. "Yo no sé nada", diría. "La dejaste marchar, mala jugada", le contestarían. Le taparían los ojos y todo se volvería amargo.


Lo siento, Heaven. De verdad que siento haberte hecho daño, susurraría en su mente.

lunes, 14 de enero de 2013

#403


Pero, ¿y él? ¿Por qué parecía asustado? Hasta entonces se había comportado con firmeza. ¿Acaso estar a solas con ella lo intimidaba? Sus grandes ojos grises brillaban de manera especial, pero pensó que quizás el ligero temblor se debía a otra cosa.

- ¿Tienes frío? - preguntó ella.
- No. ¿Y tú?

Negó con la cabeza.

Se separó para poder observarlo mejor. La luna estaba arriba del todo e iluminaba su rostro. Su tez blanca lucía un leve rubor de mejillas. Tenía rasgos duros, el pelo muy corto, la mandíbula cuadrada y una barba de unos tres días que lo hacía aún más sombrío. Aún así, le parecía inofensivo a causa de aquel rubor. Tenía los labios entreabiertos como esperando de nuevo a los suyos.

El maullido de un gato la desconcertó. Era un gato negro de ojos azules, que se deslizaba ágilmente por las ramas del imponente roble que se situaba en el lado derecho del cenador y cuyas ramas sobrepasaban las altas paredes que la rodeaban en ese instante. Volvió a maullar y saltó al otro lado del jardín.

Una idea cruzó la mente de Heaven. Aquella era la única salida que tenía, su única oportunidad. Tan solo debía despistar un instante a Himmel e imitar a aquel ágil felino. Si lograba subir a lo alto del árbol, podría saltar al exterior. Pero, ¿cómo hacer que la perdiera de vista?

- ¿Sabías que dicen que si te besas bajo las ramas de un roble, tendrás buena suerte? - improvisó cogiéndolo de la mano y llevándolo hasta allí.

Himmel se apoyó en el tronco con su ancha espalda y la acercó con suavidad. Rodeó su cintura con sus brazos y dijo:

- No puedo imaginar tener más suerte que ahora. Aunque... nada se pierde por probar.

La besó y ella respondió a su beso. Esta vez no le sorprendió la delicadeza con la que lo hacía. Conocía esa dulce y controlada sensación. Y también la suavidad de la lengua de Himmel buscando la suya. Era agradable y excitante al mismo tiempo... Pero tenía que conseguir que olvidara que ella estaba bajo su cautiverio. Solo así conseguiría despistarlo para intentar escapar.

No era experta en chicos. Su única pareja había sido Hell y, para ser honestos, el mérito a que aquello fuera tan maravilloso no era precisamente suyo. Dejarse amar por la persona más maravillosa que existía no requería grandes esfuerzos ni tenía mérito alguno.

Sus besos, sus caricias... todo era perfecto.

Acordarse de él la ayudó a encender un poco más el fuego. Cerró los ojos y visualizó su pelo, sus ojos, su piel... Pensar que besaba a Hell y no a Himmel requería mucha imaginación. Pero, poco a poco, los besos fueron más ardientes. El deseo de Himmel fue aumentando. Notaba su pulso acelerado, su respiración agitada...

Sus miradas se encontraron y la devolvieron de golpe a la realidad. No eran como los de Hell, tan cristalinos y oscuros a la vez. Los ojos de Himmel anunciaban tormenta. Sin embargo, también había algo especial en ellos. Se perdió intentando descifrarlos. Una evidencia la sacudió por dentro: era brillo de amor. Aquel descubrimiento la bloqueó. 

¿Cómo podía un león enamorarse de su presa? No tenía dudas de que le gustaba, en eso consistía su plan, pero aquello era diferente. Que la quisiera era algo que no esperaba que fuera a suceder...

- ¿Qué ocurre? - alzó su mentón para mirarla a los ojos.

Aquel destello iluminó su corazón. Trató de recuperar la cordura recordándose quién era él: Himmel, el hombre que la había secuestrado y que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de alejarla de Hell.

Pero por más que su sentido común lo quisiera ocultar, su intuición lo sacaba a flote: Himmel la amaba. Como si de un aviso de peligro se tratara, aquella certeza la noqueó por unos segundos.

- Será mejor que volvamos adentro...- dijo preocupado.
- No, no... Estoy bien.- sonrió.

Se puso de puntillas y rodeó su cuello con los brazos para besarlo. Puso toda su alma en aquel beso.

Complacido, Himmel la estrechó más contra él. Podía sentir su pecho duro como el acero y la ferviente excitación que crecía bajo su abdomen.

Coló sus manos por debajo de la camiseta y le acarició la espalda. Notó cómo su piel se erizaba y su boca se volvía más exigente. Presionó su cuerpo contra él incitándolo a más. Himmel se separó un instante buscando la cremallera de su vestido.

- ¿Puedo?- dijo mirándola a los ojos.

Le sorprendió que le pidiera permiso, pero mucho más que no acertara a bajarla. Al final ella misma tuvo que hacerlo.

Las finas capas de gasa que la cubrían cayó a sus pies. Himmel la observó en ropa interior.

- Pareces un hada.

La luna iluminó su sonrisa momentos antes de que él también se quitara la camiseta. Se abrazaron y un estremecimiento recorrió su cuerpo al contacto de su cálida y suave piel. Sus dedos trazaron un recorrido por su espalda, mientras las manos de él se posaban en sus caderas. 

Un gemido escapó de sus labios y pensó que era el momento perfecto para actuar.

- En realidad, lo soy.- contestó separándose juguetona de su pecho.- Y quiero jugar...
- Ah, ¿sí?- dijo el con una pícara sonrisa dibujada en la cara.- ¿Y a qué quiere jugar esta hada traviesa?- dijo mientras le recorría el brazo izquierdo con el reverso de sus dedos.
- Al escondite. ¿No es ese el juego preferido de las hadas?

lunes, 7 de enero de 2013

#402


Himmel se incorporó y encendió la pequeña lámpara que había en su mesilla de noche. Cubrió su torso desnudo con la sábana mientras intentaba recuperar el aliento. Sentía arder sus mejillas...

La miró desconfiado. No quería que él pensara que se había entregado para conseguir su libertad, que ese era el precio que estaba ella dispuesta a pagar por ello. Necesitaba que creyera que sentía algo por él, que se estaba enamorando.

Por eso susurró estas palabras con firmeza, intentando que sonaran convincentes y sinceras:
- Salgamos al jardín. Allí podremos querernos libremente.
- Heaven...
- Yo quiero estar contigo Himmel...
- Esto es una locura. Tú no eres libre...
- Lo soy lo suficiente para amar a quien yo quiera. -su voz se quebró.

Tuvo que recordarse que aquello era tan sólo una interpretación y que en realidad no amaba a aquel muchacho que la miraba con ojos esperanzadores. Si sentía algo por él... era sólo por culpa del abandono de Hell.

- ¿Cómo sabes que hay un jardín?
- Oí el sonido de los aspersores cuando me dejaste subir al baño. Por favor, créeme. No voy a escaparme, no haré ruido. Sólo quiero salir de aquí, respirar aire limpio y estar contigo. Después volveré aquí sin rechistar.

Himmel se frotó la frente confundido y calló un instante.

- Dejemos que el azar decida.
- ¿Qué?
- Jugaremos al ajedrez. Si tú ganas, saldremos y... pasará lo que tú quieras.
- ¿Y si pierdo?
- Volverás a comenzar. No volverá a pasar nada... entre nosotros.
- Dejémonos de charlas y empecemos a jugar.

Estaba tan decidida a vencerle que no reparó en lo evidente hasta que la partida había terminado. Himmel le había dejado ganar. Lo supo porque, a pesar de la derrota, había una enorme sonrisa en su rostro.

- Tú ganas.
- Sí. Y no hace falta recordar lo que eso significa.
- Aún así, repítelo.

Sus mejillas se encendieron al decir aquellas palabras:

- Quiero salir de aquí y... hacer el amor contigo.
- ¿Segura?
Asintió decidida.
- Está bien. Pero debo tomar precauciones.

Sacó un pañuelo negro de su bolsillo y se acercó a ella por detrás. Sintió su aliento en la nuca y permaneció inmóvil mientras le vendaba los ojos. Sus manos se posaron en sus hombros y después bajaron, deslizándose por sus brazos, hasta sus manos.

Contuvo la respiración al sentir el roce de sus labios en su cuello. Después unió sus muñecas a su espalda y las ató con algún otro pañuelo. Tembló.

- No tengas miedo.-le susurró al oído.- Te quitaré el pañuelo cuando estemos en el jardín.

Se dejó guiar al exterior. Nada más salir, sintió la brisa en su cara. Era una cálida noche para ser invierno. Se llenó los pulmones de aire. A pesar de no ver nada y estar atadas, se sintió confiada. Estaba a su mercer y, sin embargo, tenía la sensación de controlar la situación.

Himmel la sujetaba con firmeza mientras le indicaba cuántos pasos debía dar y cómo evitar los obstáculos. Caminaban despacio, pero a pesar de ello, tropezó varias veces. Notaba el blando suelo bajo sus pies, como si estuvieran atravesando un barrizal, y un inconfundible olor a campo.

Le extrañó que caminaran tanto. Supuso que tan sólo quería desorientarla y aprovechar la noche para que no viera muy lejos y no supiera dónde estaba.

Himmel se detuvo. Escuchó el sonido de una oxidada cerca abriéndose. Después el aroma a flores y hierba mojada, y el mismo sonido de la verja al cerrarse. Caminaron unos pasos más y le quitó la venda. Observó boquiabierta el lugar donde se encontraban. Era un frondoso y extenso jardín, tanto que no podía ver dónde acababa. Las altas paredes que lo rodeaban estaban cubiertas por hiedra. Había plantas silvestres por todos lados y enmarañados rosales abrazaban los árboles y enredaderas de los muros. La vegetación crecía libre desplegando así todo su esplendor. Unas campanillas azules, que se mecían a causa de la brisa, le hicieron cosquillas en las piernas.

La luna llena le ayudó a descubrir cosas maravillosas: flores de colores, árboles frutales... Por todas partes. Era evidente que nadie había tallado ni un solo centímetro de aquel vergel en años, pero ese era precisamente el motivo por el cual tenía tanto encanto. Era un jardín abandonado, secreto.

Tuvieron que apartar la maleza para llegar a una glorieta de piedra. Rosas, jazmines y orquídeas trepaban por sus ruinosas columnas. Aspiró su delicioso aroma.

Había una manta extendida en el cenador. Sobre ella, varios candelabros y un finísimo juego de té. Himmel encendió las velas y le hizo una señal para que se sentara a su lado.

- Este lugar es increíble.
- Lo sé.

Se acercó con intención de besarlo, pero sus frentes se chocaron torpemente. Sonrieron con timidez. Ella se disculpó, al igual que él.

Sonrieron y bajaron la mirada. Él cogió su mano y notó cómo se estremecía. Estaba nervioso. Ella también lo estaba. Le preocupaba lo que pudiera pasar entre ellos antes de que se le presentara una mínima oportunidad de escapar de allí.

¿Sería capaz de llegar hasta el final?