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domingo, 7 de octubre de 2012

#395


Curiosamente, su silencio no pareció importarle lo más mínimo. Tampoco le preguntó nada acerca de Hell.

Cuando Himmel entraba, Heaven contenía el aliento. Esperaba que al menos le preguntara algo acerca de Hell. No descartaba que utilizara su dolor por lo ocurrido con Hell para poder hurgar en él y hacerle confesar. Evitaba mirarlo a los ojos, pero no era capaz de dejar de temblar cada vez que él le miraba las muñecas o le cambiaba las vendas que tapaban sus heridas.

Sus visitas eran lo único que tenía para saber en qué hora vivía. Las comidas eran lo que le daba una idea de cómo pasaba el tiempo. El resto del tiempo lo pasaba tumbada en la cama, pues no tenía fuerzas para levantarse o asearse, tan solo quería dormir.


Para liberar su alma de aquello, su mente viajaba a menudo a su casa. Eran sueños agradables, sin malas palabras, sin enfados, sin lágrimas. Solo ella paseando de habitación en habitación, sintiendo el sol que entraba a través de las cortinas y el olor a vainilla que invadía la casa. Se sentía liviana, casi como si se desplazara por encima del suelo. Aquel olor le llenaba los pulmones y le hacía sentir la felicidad que ya había perdido. Pero su pesadilla continuaba cada vez que abría los ojos.

Solía despertarse cuando Himmel le traía la comida. Solía tener que controlar las náuseas que aquello le daba. Tenía en estómago cerrado y un nudo en la garganta que le impedía comer. Él solía mirarla, se sentaba en la silla y esperaba a que ella probara bocado. Solo entonces se levantaba y se iba.

Aunque al principio comía hasta el último bocado por si tenía la posibilidad de huir, pronto dejó de hacerlo. Sabía que era imposible salir de aquel lugar y se sentía aplastada por la idea de que su vida acabaría de aquel modo. No tenía ganas de comer, ni de moverse, ni siquiera tenía ganas de vivir. Tan solo se erguía para coger algo del plato y que él se fuera.

Resignado a su silencio, revisaba sus heridas sin decir palabra alguna. Tenía las manos frías, pero la tocaba con delicadeza, como si no quisiera hacerle daño. Su amabilidad le quitaba el sueño, era como supiera lo que le esperaba más tarde y le diera lástima. Había dicho que no la mataría, tal vez él no, tal vez lo harían sus jefes y tan solo tenía que esperar a que ellos llegaran. 

Cada vez que traía comida, recogía la anterior bandeja tal cual la había dejado horas antes. Le solía decir que tenía que comer y le preguntaba si necesitaba algo. Ella nunca le contestaba. "Puedes pedirme todo, excepto la libertad." ¿No era aquello lo que se le decía a un condenado a muerte?

Cuando cerraba la puerta, se acurrucaba de nuevo en su cama y cerraba los ojos, deseando escapar de aquel infierno. 

El tiempo transcurría lentamente allí abajo y era tal el silencio que llegó a pensar que estaba muerta. Enterrada en aquella mazmorra improvisada, ningún estímulo le ayudaba a sentirse viva. Nada se escuchaba, nada excepto sus sollozos y el goteo incesante del grifo que marcaban los últimos instantes de su vida.

A veces contaba los ladrillos de las paredes para entretenerse. Otras veces se imaginaba fuera de aquel lugar. El resto del tiempo lloraba y se acordaba de Hell, y cuando no era capaz de hacerlo, tan solo se dormía. 

Habrían pasado aproximadamente tres días, aunque las horas transcurrían de forma diferente en aquel lugar. Tan solo las horas entre la cena y el desayuno se pasaban con rapidez. Sospechaba que era por aquella pastilla que Himmel le hacía tragar cada noche. Al día siguiente se levantaba con mareos, pero aún así, agradecía aquella pastilla.

Para ella era como si hubiera caído en un agujero negro, el tiempo hubiera dejado de existir y ya no pudiera escapar.

Se convenció de aquello el día en que la bombilla parpadeó antes de fundirse. El silencio y la oscuridad le hicieron recordar la última mirada que compartió con Hell. Se preguntaba si él sabría dónde estaba. Sabía que era imposible, pero ¿no era el amor capaz de obrar milagros?

Aquella pequeña esperanza se desvaneció en poco tiempo. 

La humedad y el frío empezaron a traspasarle la piel. Y así, en aquella completa oscuridad, las horas dejaron de correr.

2 comentarios:

  1. Wow........no esperaba esto cuando nos conocimos al aeropuerto!........Muy bueno!!!Estoy seguro que pronto escucharemos de ti.Tan joven y tan profunda...creo que han sido las dos copas mejor invertidas de la promocion.!

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    1. Gracias! Eso espero! Grandes copas, sí señor :)

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¡Hola! Acabas de decidir garabatear algo para mi, espero de todo corazón que te haya gustado mi blog.
¡Un besito! ¡Y gracias por pasar!
(¡Ah! Y no olvides que puedes quedarte en el desván ^.^ )