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lunes, 20 de mayo de 2013

#416

Rädsla llevaba varios días desaparecida. Bosco había llamado a todos los que creía que podían ayudarle a encontrarla. 

El hecho de mantenerse a la espera del regreso de su amigo Siry cuando sabía que Rädsla se hallaba retenida en unas condiciones que no se atrevía ni siquiera a imaginar era angustioso; pero pensar que quizás, estaba muerta era mucho peor.

- ¿Qué cuesta esperar? -le preguntó Liv.
- Tiempo -dijo él.
- ¿Y qué cuesta ser prudente?
- Una vida, quizás. Su vida.

De repente su móvil sonó, era Siry. Al fin. Le explicó que creía que no era Woodhouse quien la había secuestrado. Pero entonces, ¿quién? Había seguido su pista hasta un polígono industrial a las afueras de la ciudad.

- Explícame cómo es por dentro...

Siry no sabía qué responder.

- Quiero decir - Bosco se irritó-, ¿qué has visto ahí dentro?
- Bah, nada, trastos de obras públicas, un contenedor, un barracón de obras y maquinaria de demolición, creo. Vamos, maquinaria...

La mención de la maquinaria dio que pensar a Bosco.

-Aquí hay movimiento -le dijo Siry.

Liv frunció el ceño en busca de una aclaración. 

-Obreros, técnicos, no sé, quizá guarden aquí maquinaria en previsión del inicio de los trabajos, quizá se reúnan para planificar la obra. Ergo...
-... Rädsla no está ahí dentro.

No le dio tiempo a decir nada más a Siry porque en ese preciso instante la furgoneta que se había llevado a Rädsla apareció por la esquina.

A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. Bosco subió raudo al coche y llamó a Siry y le informó acerca del trayecto de la furgoneta hacia los suburbios. Se lanzó a la persecución. No era rápido y echaba gran cantidad de humo, era un modelo viejo, jadeante y por deprisa que pretendiera ir, no podría superar los setenta kilómetros por hora. Sin contar con que su habilidad al volante dejaba mucho que desear. Titubeaba, perdía segundos preciosos dibujando trayectorias absurdas en su cabeza. Se aproximó a la parte trasera de la furgoneta con los faros encendidos para asustar al conductor y hacer que perdiera el control. Dos vehículos más llegaron al mismo tiempo, uno por la derecha y el otro por la izquierda, el cuarto había cruzado un camino paralelo y se acercaba en sentido contrario. La suerte estaba echada.

Siry lo llamó.

- ¿Lo tienes? -preguntó.
- ¡Casi!- gritó Bosco-. ¿Y tú?
- ¡Que no se te escape porque la chica no está aquí!
- ¡Ya lo sé!
- ¿Qué?
- ¡Nada!
- ¡El edificio está vacío! ¿Me oyes? - gritó Siry-. ¡No hay nadie!

Como Bosco enseguida descubrió, esta persecución sería fecunda en imágenes. La primera, la imagen inaugural, fue la del puente que cruzaba el cinturón periférico donde la furgoneta se detuvo aparatosamente, atravesada en mitad de la calzada. Detrás de ésta, dos vehículos, y delante un tercero que le cortaba el paso. Los agentes de Siry bajaron de los coches y apuntaron a cubierto tras las puertas abiertas. Bosco también salió del vehículo, había desenfundado su arma y se disponía a gritar las órdenes cuando vio que el hombre salía de la furgoneta y corría pesadamente hacia el parapeto del puente, donde, por extraño que pudiera parecer, se sentó frente a ellos como si los invitara a acercarse.

Todo el mundo comprendió de inmediato sus intenciones al verlo sentado sobre el parapeto de hormigón, de espaldas al cinturón periférico, con las piernas colgando, frente a los agentes que avanzaban lentamente hacia él, apuntándolo con sus armas. Esa primera imagen aún permanecía. El hombre los miraba mientras se aproximaban.

Extendió los brazos, como si se dispusiera a hacer una declaración histórica. 

Luego levantó las piernas.

Y se inclinó hacia atrás.

Antes de llegar al parapeto, los agentes oyeron el impacto de su cuerpo contra el asfalto, el ruido del camión que lo atropelló, los frenazos, las bocinas y la colisión de los vehículos que no consiguieron esquivarse.

Bosco contempló la escena. A sus pies, coches detenidos, faros encendidos, luces de emergencia. Se volvió, atravesó el puente corriendo y se asomó por encima del otro parapeto: las ruedas del camión habían pasado por encima del hombre y sólo dejaban ver la mitad de su cuerpo, su cabeza que prácticamente estaba aplastada y la sangre que se extendía lentamente sobre el asfalto.

La segunda imagen se le apareció a Bosco veinte minutos más tarde. El cinturón periférico acordonado y la zona se había convertido en una feria de faros, luces, sirenas, megáfonos, ambulancias, bomberos, policías, conductores y curiosos. En el coche, Siry anotaba la información reunida acerca del hombre que había muerto que uno de los policías le dictaba por teléfono. A su lado, Bosco se había puesto unos guantes de látex y sostenía el teléfono móvil que habían recogido del cadáver y que milagrosamente había escapado de las ruedas del camión.

Fotos. Seis. En ellas se veía una caja de madera con las tablas muy separadas y suspendida sobre el suelo. Y dentro, encerrada, Rädsla, con el cabello liso, grasiento y sucio, completamente desnuda, acurrucada en ese espacio a todas luces demasiado pequeño para ella. En todas las imágenes, miraba al fotógrafo. Tenía unas profundas ojeras y una mirada alucinada. Sus rasgos, sin embargo, eran delicados, con una hermosa mirada; aunque su estado físico fuera lamentable. Lo que a todas luces conllevaba a una sola conclusión, Rädsla estaba al borde de la muerte.

- Es una tortura -dijo Siry.
- Gracias Siry, eres muy observador- replicó con sorna Bosco.
- Me refiero a la jaula, es un antiguo instrumento de tortura. Una caja en la que no se puede estar ni sentado ni de pie. Es un suplicio ideado bajo el reinado de Luis XI para el obispo de Verdún, creo recordar. Lo tuvieron enjaulado durante diez años. Es un tipo de tortura pasiva muy eficaz. Las articulaciones se sueldan y los músculos se atrofian.... Y la víctima enloquece.

En las fotografías, las manos de Rädsla están aferradas a la tabla. Esas imágenes revolvían el estómago. En la última, sólo se veía la parte superior de su rostro y tres ratas enormes sobre la tapa de la jaula.

- Mierda...

Bosco lanzó el teléfono a Siry, como si temiera quemarse.

- Localiza la fecha y la hora. 

A Bosco, esas cosas no se le daban bien. A Siry le llevaban sólo cuatro segundos.

- La última foto es de hace tres horas.
- ¿Y las llamadas? ¡Las llamadas!

Siry tecleaba a toda velocidad. Quizá pudieran triangular el teléfono y situar el lugar desde donde había llamado.

- La última es de hace diez días...

Ni una sola llamada desde que secuestró a Rädsla.

Silencio.

Nadie sabía dónde se encontraba. Y el único que lo sabía acababa de morir aplastado bajo las ruedas de un camión.

1 comentario:

¡Hola! Acabas de decidir garabatear algo para mi, espero de todo corazón que te haya gustado mi blog.
¡Un besito! ¡Y gracias por pasar!
(¡Ah! Y no olvides que puedes quedarte en el desván ^.^ )